«Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse». — Santiago 1:19
Margarita Herrera tachó su nombre cuando vio quién iba a impartir las clases de lectura para principiantes en la iglesia.
Después frotó el papel con el pulgar con tanta fuerza que lo rompió.
A sus setenta y tres años, por fin se había armado de valor para asistir. Había estacionado detrás del salón de la iglesia, en Morelia, y esperado hasta que se fueran las señoras del grupo de costura.
No esperaba que la maestra fuera su hija.
—¿Mamá?
Carolina estaba en la puerta con una pila de cuadernos de ejercicios.
Margarita dobló la hoja de inscripción.
—Pensé que hoy era la venta de segunda mano.
—Es el próximo sábado.
Las dos miraron el papel que ella sostenía.
Durante treinta años, Margarita había pedido a los empleados del supermercado que le leyeran las etiquetas porque «había olvidado los lentes». Su esposo se había encargado de las cuentas. Desde que él murió, llevaba los sobres sin abrir a casa de Carolina y se quejaba de que las empresas lo complicaban todo demasiado.
Carolina a veces suspiraba.
Margarita a veces contestaba de mala manera.
La Navidad anterior habían discutido por una tarjeta de cumpleaños que Margarita no quiso leer en voz alta a su nieto menor. Carolina le dijo que podría haberse esforzado.
Margarita se marchó antes del postre.
Ahora su hija apartó una silla.
—¿Te quieres sentar?
—Puedo estar de pie.
Carolina dejó los cuadernos sobre la mesa. Encima había un lápiz azul con un adaptador grueso de goma.
Margarita recordó haber enseñado a aquellas mismas manos a abrochar botones.
Podía irse. Buscar otra clase. Seguir ocultándole aquello a la hija que ya le recordaba sus citas y revisaba las llantas de su coche.
En cambio, puso el bolso sobre la mesa.
—Hay algo que necesito decirte sobre Navidad.
Carolina abrió la boca y volvió a cerrarla.
Margarita alisó el papel roto entre las dos.
—Antes de que me digas que no importa, necesito que escuches lo que he dejado que creas.
Lo que había ensayado en el coche
Margarita había practicado durante el trayecto.
Aquella versión no.
La otra.
La que pensaba contarle a una voluntaria de la iglesia a quien vería una vez y quizá nunca más. Alguien que la inscribiría, le entregaría una hoja de ejercicios y no conocería su apellido de soltera.
Para aquello no se había preparado.
Carolina la observaba como cuando veía entrar su coche en la cochera: sin estar del todo segura de que fuera a frenar antes de golpear algo.
—No sé leer —dijo Margarita.
La voz le salió más firme de lo que esperaba.
Las manos, debajo de la mesa, no estaban firmes. Las dejó allí.
Carolina no se movió.
Los cuadernos seguían apilados. El lápiz con el adaptador de goma permanecía exactamente donde lo había puesto.
Afuera, un coche redujo la velocidad para pasar el tope junto a la puerta lateral.
—La tarjeta de cumpleaños —continuó Margarita—. Pensaste que no me había esforzado. Lo intenté durante tres días.
Y era verdad.
Después de cenar, se sentaba a la mesa de la cocina con la tarjeta, una lupa y los lentes que algunas veces sí necesitaba.
Comparaba las letras con otras que reconocía a medias. Había descifrado «feliz», porque esa palabra la conocía.
El resto había podido con ella.
—Llamé a tu prima Patricia. Me la leyó por teléfono. Practiqué las palabras en voz alta. Ocho veces.
Margarita volvió a alisar la hoja rota, aunque aquello no servía de nada.
—Después, Emiliano empezó a subirse a los muebles, todos comenzaron a hablar a la vez y me senté en la silla junto a la ventana. Me dije que esperaría hasta que hubiera más tranquilidad.
Se detuvo.
—Te fuiste antes del postre —dijo Carolina, con una cautela nueva en la voz.
—Ya sé.
—Pensé que seguías enojada por lo de las canaletas.
Margarita soltó una risa breve y seca.
—Ya ni me acordaba de las canaletas.
Lo que Héctor sabía sin decirlo
Durante veintidós años, Margarita había guardado una tarjeta doblada en la guantera.
Héctor la escribió antes de su primera operación:
«Me llamo Margarita Rosa Herrera. Vivo en el número 412 de la calle de los Abedules, en Morelia. Mi esposo se llama Héctor Antonio Herrera».
Debajo había anotado su teléfono.
Aquel número ya no funcionaba.
Ella nunca había actualizado la tarjeta.
La llevaba de todos modos.
Él lo sabía.
En cuarenta y un años de matrimonio nunca habían dicho aquellas palabras, pero Héctor lo sabía.
En los restaurantes leía el menú de una manera que le permitía escuchar todas las opciones. Se ocupaba del banco. Le decía a la gente que ella tenía problemas de la vista, y Margarita lo dejaba.
Habían construido aquel sistema sin hablar de sus reglas.
Y había funcionado.
Hasta que dejó de funcionar.
El primer año después de su muerte, Margarita pidió tantas veces al farmacéutico que le leyera las etiquetas que él comenzó a imprimírselas con letras más grandes, sin que ella lo solicitara.
Aquella vez lloró en el estacionamiento.
No exactamente de tristeza.
Lloró porque él se había dado cuenta. Porque había sido amable. Porque a Héctor le habría caído bien.
Carolina seguía sentada al otro lado de la mesa.
No se había levantado para abrazarla.
Margarita se lo agradeció. Un abrazo, en aquel momento, habría deshecho algo que apenas conseguía mantener en su sitio.
—Las cuentas… —empezó Carolina—. ¿Cómo has…?
—Tengo un sistema.
Lo dijo con firmeza, porque era verdad.
—Reconozco los colores de los sobres. Los rojos te los llevo a ti y digo que son complicados. Los blancos y alargados son del seguro.
Había memorizado logotipos. La forma de las palabras que veía a menudo.
Sabía leer su nombre.
Sabía reconocer «ALTO», «SALIDA», «ABIERTO» y «PROHIBIDO EL PASO».
No carecía de recursos.
—Mamá.
—No soy una inútil.
—Yo no he dicho…
—Pero lo estabas pensando.
Carolina abrió la boca.
Después la cerró.
No podía reprochárselo.
Lo que Margarita no esperaba escuchar
—Yo ya lo sabía —dijo Carolina.
Margarita levantó la vista.
—No… No lo sabía con certeza. Lo sospechaba. Desde hacía mucho.
Carolina acercó un cuaderno amarillo y después volvió a apartarlo.
—¿Te acuerdas de cuando estaba en la preparatoria? Firmaste la autorización para la excursión de biología. Siempre firmabas donde yo señalaba. Pero aquella vez me equivoqué de renglón.
Hizo una pausa.
—Firmaste junto al nombre de Amanda García.
Margarita había creído que logró disimularlo.
Por lo visto, no.
—Se lo comenté a la maestra Benítez y ella lo corrigió. No me dijo nada, pero la manera en que me miró…
Carolina se interrumpió.
—Tenía quince años. No sabía cómo hablar de lo que creía haber entendido. Después crecí, tú tenías a papá y me convencí de que me había equivocado.
El salón estaba muy silencioso.
Sillas plegables apiladas en una esquina.
Un tablero de corcho con los horarios de las clases.
Una cesta junto a la ventana con treinta lápices afilados, esperando a las personas que llegarían el jueves siguiente.
Ninguna se conocería tanto como aquellas dos mujeres sentadas a la mesa.
—Debí preguntarte —dijo Carolina—. Hace años.
—No te lo habría contado.
—Lo sé.
—Habría dicho que olvidé los lentes.
—Lo sé.
Margarita miró a su hija.
Cincuenta y un años. Maestra de lectura.
La pequeña cicatriz de la barbilla, de cuando a los cuatro años se cayó del porche intentando alcanzar una polilla.
Todavía intentaba alcanzar cosas.
—Bueno —dijo Margarita.
—Bueno —respondió Carolina.
El cuaderno azul
Carolina no canceló la clase.
Envió un mensaje a alguien. Margarita la vio escribirlo, aunque no pudo leerlo.
Después fue al armario de materiales y regresó con otro cuaderno.
Más delgado.
Un poco gastado.
Sin un lápiz de caricatura en la portada.
—En realidad, yo empezaría con este —dijo—. Los amarillos son para quienes necesitan repasar.
Lo puso delante de su madre.
—Este es para empezar desde el principio.
Margarita tocó la cubierta.
Azul.
Sencilla.
—¿De verdad me enseñarías?
—¿Por qué no iba a hacerlo?
Margarita tenía una lista de razones.
No las dijo en voz alta.
—Lo voy a pensar.
—Está bien.
—No me estoy comprometiendo a nada.
—Mamá, es una clase gratuita en una iglesia. No estás firmando una hipoteca.
Margarita levantó el cuaderno.
No pesaba casi nada.
Pensó en la tarjeta de la guantera. En la letra de Héctor, desgastada por los años de doblarla y desdoblarla.
Pensó que, si pudiera leerla ella sola, ya no tendría que sentir tanto miedo de perderla.
Guardó el cuaderno en el bolso.
Carolina no hizo ningún gesto.
Margarita se dio cuenta y guardó aquel detalle en algún lugar de su memoria al que pudiera volver después.
—El próximo jueves —dijo Carolina—. A las siete. Me aseguraré de que nadie estacione detrás de tu coche.
La luz de septiembre entraba inclinada por las ventanas del salón y alcanzaba la cesta de lápices junto a la pared.
Solo lápices.
Madera y grafito.
Margarita había comprado lápices como aquellos en la papelería del barrio cuando Carolina era pequeña. Entonces tampoco parecían tener nada de especial.
Se levantó.
Tomó el bolso.
Caminó hacia la puerta.
Después se volvió.
—Lo de la tarjeta. Lo que decía.
Mantuvo la mirada a la altura de los ojos de su hija.
—Patricia me la leyó. Recuerdo cada palabra.
Carolina asintió.
No le pidió que las repitiera.
No hacía falta.
El número 412 de la calle de los Abedules
Margarita condujo de regreso a casa con el cuaderno en el asiento del copiloto.
Se detuvo en el semáforo de la avenida principal y miró el letrero de la ferretería, al otro lado del cruce.
Letras negras y grandes.
Había pasado delante de aquel letrero diez mil veces.
Nunca había intentado leerlo.
Lo miró hasta que el semáforo se puso en verde.
Después siguió hacia casa.
FIN DE LA HISTORIA