«Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo». — Gálatas 6:2
Francisco Morales escondió la cacerola quemada en el garaje diez minutos antes de que llegara su hija.
A los setenta y seis años todavía podía cambiarle el aceite a su camioneta. Podía encargarse de las medicinas de su esposa, lavar su ropa y ayudarla con los ejercicios que el hospital había impreso en una hoja amarilla.
Por supuesto que podía preparar la comida.
Eso era lo que pensaba decirle a Susana.
Su hija venía desde Puebla para hablar de contratar ayuda. Ayuda significaba tener desconocidos en casa y gastar los ahorros. Significaba reconocer que la promesa que le había hecho a Elena cuando regresó del hospital después del derrame cerebral se estaba volviendo más difícil de cumplir.
—No tendrás que irte a ningún sitio —le había dicho.
Y seguía hablando en serio.
En la cocina había un guiso que alguien de la iglesia les había llevado, todavía cubierto con papel de aluminio. Nadie lo había tocado. Francisco no recordaba si había llegado el día anterior o el otro.
Elena lo observaba limpiar una encimera que ya estaba limpia.
—Siéntate un momento —le pidió.
—Viene visita.
—Es Susana.
Él dobló el trapo hasta convertirlo en un cuadrado pequeño y apretado.
Su hija se había ofrecido a ir todos los sábados. Francisco se había negado. Ella trabajaba toda la semana. Tenía nietos. No iba a convertir sus dificultades en responsabilidad de todo el mundo.
Junto al sillón reclinable de Elena estaba el andador que él siempre dejaba a su alcance. Aquella mañana, la alianza le quedaba floja en el dedo.
—¿Desayunaste? —preguntó ella.
—Tomé café.
—Eso no fue lo que te pregunté.
Afuera se cerró la puerta de un coche.
Francisco tomó la hoja amarilla de ejercicios. Quería que Susana viera las marcas junto a cada tarea, las citas anotadas cuidadosamente en el calendario, todo lo que estaba haciendo bien.
Elena puso su mano sobre la de él.
—Cuando entre —dijo—, necesito que me dejes contarle por qué no duermes en la habitación desde el martes.
Susana entró como siempre: con las llaves en la mano y el abrigo todavía abrochado. Antes de saludar, sus ojos recorrieron la cocina.
Vio el guiso.
Después, las ventanas abiertas. Era noviembre, en Toluca hacía seis grados y las cortinas se movían con la corriente.
—Huele a quemado —dijo.
—Estaba haciendo sopa. Ya se ventiló.
—Papá, estamos a seis grados.
Francisco cerró dos de las tres ventanas. Dejó una abierta. Algo parecido a un acuerdo.
La sopa era de tomate, de lata. Parecía imposible estropearla.
Pero él se había puesto a revisar los frascos de las medicinas de Elena. Comparaba uno con otro para asegurarse de que lo que había recogido en la farmacia el jueves coincidiera con las indicaciones del alta.
Se apartó de la estufa sin apagarla.
Cuando le llegó el olor, el fondo de la cacerola ya estaba negro.
La dejó en remojo una hora. Después decidió que estaría mejor en el garaje y abrió las ventanas antes de la llegada de Susana.
—Hay servicios, papá —dijo ella.
Sacó un papel doblado del bolsillo del abrigo. Francisco lo esperaba. Siempre llevaba una lista.
—Personas que vienen unas horas a la semana. Solo para ayudar con…
—No voy a meter desconocidos en casa.
Elena no dijo nada. Lo observaba desde el sillón.
—No tienen que ser completos desconocidos. La mamá de Carmen utilizó…
—Ya sé lo de la mamá de Carmen.
Susana dobló la lista y volvió a guardarla. Sabía reconocer cuándo no convenía insistir.
En eso era igual a su madre.
Francisco llenó la tetera.
Susana había llegado desde Puebla la tarde anterior. Se había quedado en un hotel cerca de la entrada de la ciudad para no hacerlos sentir invadidos.
Francisco se lo agradecía, aunque nunca lo diría en voz alta.
Mientras tomaban café, ella se sentó a la mesa. Él permaneció de pie junto a la encimera. Elena bebía té.
En el patio de al lado, el perro del vecino se ensañaba con un montón de hojas secas.
—Tienes muy bien organizado el calendario —dijo Susana.
Se había acercado al refrigerador para mirarlo sin pedir permiso. Noviembre, todas las citas con la letra de Francisco. No faltaba ninguna.
—Estoy al pendiente.
—Ya lo sé.
Susana llevaba dos listas.
La que le había enseñado contenía teléfonos, agencias y un par de nombres.
La otra seguía dentro de su bolso. Francisco ni siquiera sabía que existía.
Allí había anotado cosas que había observado durante sus últimas cuatro visitas. Detalles pequeños.
La mancha de aceite que él no había limpiado de la entrada.
El periódico de hacía tres semanas que seguía en una silla.
La manera en que a veces se movía, despacio y con cuidado, como alguien que procuraba no despertar un dolor del que no había hablado con nadie.
Aquella mañana, el olor a quemado había añadido otra preocupación.
No estaba buscando sus fallos. Tenía miedo.
Desde fuera, las dos cosas podían parecerse mucho.
—Has adelgazado —le dijo.
—Como bien.
Elena dejó la taza sobre la mesita. Un movimiento suave y deliberado.
Los dos la miraron.
—Cuéntale lo de la habitación —dijo.
Francisco apretó la taza entre las manos.
—Eso no…
—Francisco.
Hacía seis años, quizá siete, que ella no pronunciaba su nombre con aquel tono. La última vez había sido por lo de la rodilla.
También entonces había tenido razón.
Susana miró a su padre y después a su madre.
—¿Qué pasa con la habitación?
Francisco dejó la taza. Se acercó a la ventana y miró el patio.
No había nada que ver, pero al menos tenía dónde poner los ojos.
—Tu padre duerme en el sofá desde el martes —dijo Elena.
Susana esperó.
—No quiere decirme por qué.
—Ya te lo dije —respondió él, todavía de espaldas—. El colchón. Mi espalda.
Elena habló en voz baja.
—El sofá tiene veinte años. Hay un resorte que ya se siente debajo del cojín izquierdo. Los dos lo sabemos.
Francisco se volvió.
Miró a Elena. Después a Susana. Después al calendario del refrigerador, donde la casilla de aquel día estaba vacía.
Apartó la silla que había frente a su hija y se sentó.
—El martes por la noche —empezó, mirando la mesa—. Como a las dos. Me desperté y ella no estaba en la cama.
Se detuvo.
—Fui a buscarla al baño.
Volvió a detenerse.
—Estaba en el suelo.
Susana apoyó la mano abierta sobre la mesa.
—No se cayó —aclaró Francisco enseguida—. Se levantó sola. Llegó hasta el baño. Se sentó en el suelo a descansar. El andador estaba junto a la cama, donde yo lo había dejado. No quiso volver a buscarlo porque pensó que me despertaría.
Miró a Elena.
—¿Cuánto tiempo estuviste sentada allí?
—Poco.
—No sabe cuánto tiempo.
Se oyó el motor del refrigerador. Afuera, el perro había dejado de ladrar.
—No se lastimó —continuó Francisco—. La ayudé a levantarse y la llevé a la cama. Estaba bien. Está bien.
Las últimas palabras sonaron como una puerta que se cerraba.
—Solo que… después de eso no le vi sentido a dormir allí si no podía oírla.
El sofá estaba a poco más de tres metros de la puerta de Elena. Francisco lo había medido, más o menos.
Desde allí podía oír el andador sobre el piso de madera.
Entre la cama y el baño había dos tablas que crujían. Conocía las dos. Una junto al lado izquierdo del marco de la puerta. La otra, un poco más adelante.
Desde el martes no había dormido más de tres horas seguidas.
Susana se levantó para servirse más café. Permaneció un momento ante la encimera, de espaldas a sus padres.
Cuando se volvió, miró a su madre.
—¿Sabías que no estaba durmiendo?
—Sé que está cansado —respondió Elena—. Cree que no me doy cuenta.
—Estoy aquí mismo —dijo Francisco.
—Sí —contestó ella—. Aquí estás.
Susana dejó su taza.
—Papá.
—No empieces.
—Papá, la oyes porque no estás durmiendo.
No lo dijo con dureza. Lo dijo como lo habría dicho Elena.
—La cacerola del garaje… ¿cuándo fue la última vez que comiste? Café no. Comida de verdad.
Francisco miró el guiso cubierto de aluminio.
La tarde anterior había comido una tostada.
Antes de eso, no podía recordarlo con seguridad.
—Me estoy haciendo cargo —dijo.
Susana movió su silla hasta quedar a su lado.
Se sentó cerca, como hacía Elena cuando él volvía de la fábrica durante aquel invierno tan difícil, en 1987, y no quería hablar.
Susana tenía nueve años entonces. Se sentaba en el brazo de su sillón y esperaba.
Francisco había olvidado que todavía sabía hacerlo.
—Sé que te estás haciendo cargo —dijo ella—. No he venido a decir que no puedes.
Él miró a su esposa.
Elena tenía las manos sobre el regazo. La alianza le giraba en el dedo bajo la luz de la ventana.
Francisco la había encontrado en el suelo del baño aquella madrugada del martes, junto al zócalo, justo donde Elena había estado sentada.
La recogió y la sostuvo un instante antes de comprender qué era.
Después la dejó en el borde del lavabo.
Ella volvió a ponérsela por la mañana sin decir nada.
—Me pidió que no te lo contara —dijo Francisco—. Lo del baño. Dijo que te preocuparías.
—Tenía razón —respondió Susana.
—Y aun así te lo ha contado.
Elena separó las manos.
—Se lo he contado porque quiero que dejes venir a alguien. No por mí.
Hizo una pausa.
—Estoy viendo lo que esto te está haciendo. Tú me hiciste una promesa, Francisco. Pero yo también te hice una cuando me trajiste a casa. Te dije que no iba a dejar que te olvidaras de ti por cuidarme.
Francisco apoyó ambas manos sobre la mesa.
Tenía los nudillos resecos y una grieta en la piel del índice derecho.
Llevaba una semana pensando en ponerse un poco de crema.
Alrededor de las doce y media, Susana retiró el papel de aluminio del guiso, lo metió en el horno a ciento ochenta grados y puso la mesa sin preguntar dónde se guardaban las cosas.
Había crecido en aquella cocina.
Era pollo con ejotes y una salsa de crema de champiñones. De esos platos que las mujeres de su iglesia llevaban preparando desde hacía décadas.
Francisco no habría sabido decir si estaba especialmente bueno.
Estaba caliente. Era comida.
Y comió más de lo que pensaba.
Elena comió en el sillón porque la silla del comedor todavía le molestaba en la espalda. Francisco se lo había explicado a Susana en tres visitas distintas y ella nunca había convertido aquello en una discusión.
Él se lo agradecía.
Después de comer, Susana hizo una llamada desde la cocina.
Habló con una mujer llamada Beatriz Vargas, que llevaba dos años ayudando dos veces por semana a los Herrera, unas calles más allá.
No era una desconocida del todo. Su madre había ido a la escuela con alguien que ellos conocían. Había algún vínculo que Francisco no logró seguir.
Dejó que su hija hablara mientras él permanecía sentado en la sala.
Escuchó lo suficiente.
Martes y jueves. Tres horas.
Ayuda con el baño y la comida, según lo que necesitaran.
Francisco podía quedarse en casa todo el tiempo. Podía estar pendiente cuanto quisiera. Nadie le pedía que dejara de cuidar a su esposa.
Cuando Susana colgó, no volvió enseguida a la sala.
Él la oyó quedarse junto a la encimera.
No necesitaba preguntarle qué hacía allí.
Miró a Elena.
Ella lo observaba con la misma paciencia con que lo había visto limpiar la encimera aquella mañana.
Cuarenta y nueve años juntos le habían enseñado cuándo no insistir.
—Está bien —dijo él.
Muy bajo. Solo para ella.
Elena asintió una vez.
Nada más.
No le dijo que ya se lo había advertido.
Nunca lo hacía.
Susana regresó y se sentó en el sofá, el viejo, el del resorte.
Eligió el lado derecho.
—Puede empezar la próxima semana —dijo—. Si quieres.
Francisco miró la hoja amarilla sobre la mesita.
Todas las marcas.
Cada ejercicio terminado. Cada cita cumplida. Todo lo que había conseguido hacer bien durante aquellos tres meses.
Y, desde el martes, las noches en un sofá hundido, a unos pasos de la puerta de su esposa.
—De acuerdo —respondió.
Tomó la hoja, la dobló una vez y volvió a dejarla en su sitio.
Elena extendió la mano y cubrió la de él con la suya.
Afuera, el perro del vecino había encontrado algo nuevo.
Cualquier cosita insignificante, digna de todo el alboroto del mundo.
FIN DE LA HISTORIA