La mesa que creía merecer

Julia Martinez

Francisco Morales ya había apartado la silla cuando la mujer que estaba detrás del mostrador le dijo:

—Esa mesa no está disponible.

Era la única mesa vacía de aquel pequeño café de Barcelona.

Francisco miró la lluvia que resbalaba por el cristal. A sus setenta y dos años, después de una mañana caminando, la rodilla mala había empezado a darle punzadas.

—No tiene ningún letrero de reservado.

—No —respondió ella—. Pero necesito guardarla.

Su esposa, Elena, le tocó la manga.

—Podemos esperar.

Francisco había pasado treinta y ocho años al frente de una ferretería en las afueras de Puebla, México. Sabía lo que significaba rechazar a un cliente dispuesto a pagar. También estaba cansado de sentirse perdido entre calles desconocidas y letreros en catalán que no siempre entendía.

—Supongo que no les hace falta nuestro dinero —murmuró.

El adolescente que lavaba las tazas levantó la vista.

Lo había oído.

La mujer también.

Elena se acercó discretamente a la puerta.

Entonces Francisco vio que la mujer sacaba dos cuencos de debajo del mostrador. Uno tenía el borde azul desportillado. Llenó ambos de sopa mientras un hombre mayor salía de la cocina, secándose cuidadosamente las manos en el delantal.

El muchacho miró el reloj.

Nadie habló.

Francisco reparó en que la silla que no podía ocupar tenía una toalla doblada sobre el asiento. Junto a ella había un vaso de agua y una cuchara con un mango grueso de goma.

Apartó la mirada.

Antes de salir de Puebla, había rezado para que aquel viaje lo ayudara a ser más paciente. Al parecer, esperaba que Dios se encargara de eso sin hacerlo pasar por ninguna incomodidad.

—Le debo una disculpa —le dijo a la mujer.

Ella asintió, pero siguió pendiente de la puerta.

—¿Está por venir alguien que necesita esa silla?

—Sí.

Afuera, el muchacho salió bajo la lluvia y levantó la mano para llamar a alguien que Francisco no alcanzaba a ver.

Francisco dejó su bolsa de compras en el suelo.

—Dígame en qué puedo ayudar.

La mujer lo observó un momento. Después metió la mano debajo del mostrador.

Sacó un poncho amarillo para la lluvia, todavía dentro de su envoltorio de plástico. De los desechables que vendían por cuatro euros en cualquier tienda cerca de la Sagrada Familia.

Se lo tendió.

Francisco lo tomó casi sin pensarlo.

—Mi hijo le enseñará dónde está. Viene de la calle del Consell de Cent, de la esquina donde está la farmacia. Con esta lluvia camina despacio.

—¿Es de la familia?

La mujer lo miró como si la pregunta no fuera exactamente la adecuada.

—Es nuestra vecina —respondió—. Desde hace treinta y un años.

Francisco rasgó el envoltorio. El poncho era tan fino que casi se transparentaba. Cuando se lo pasó por la cabeza, le llegó hasta la mitad de los muslos.

Elena lo observaba desde el otro lado del local con una expresión que él había aprendido a reconocer durante sus años de matrimonio. No era sorpresa. Era algo más paciente que la sorpresa.

—Ahora vuelvo —le dijo.

Ella tomó una carta del mostrador.

—Lo sé.

Afuera, la lluvia caía en largas líneas diagonales. El muchacho tendría dieciséis o diecisiete años. Llevaba el pelo oscuro pegado a la frente y la sudadera empapada.

Esperaba al borde del toldo.

Miró a Francisco. Luego miró el poncho.

Dijo unas palabras en catalán que Francisco no entendió y echó a andar.

Francisco lo siguió.

El café estaba en la calle de Enric Granados, en un tramo peatonal con plátanos de sombra y mesas de hierro recogidas bajo los toldos.

Cuarenta minutos antes, cuando habían entrado para resguardarse de la lluvia, todo le había parecido encantador.

Ahora, caminando detrás de un adolescente con un poncho desechable, Francisco empezó a ver cosas que antes le habían pasado inadvertidas.

Las raíces levantaban algunas baldosas. Al pie de los árboles se formaban charcos anchos y oscuros. El desnivel de la acera en el cruce era mayor de lo que parecía.

El muchacho se detuvo frente a la farmacia.

Bajo el estrecho saliente de la entrada esperaba una mujer muy menuda.

Llevaba un abrigo de lana oscuro que le quedaba grande. Tenía el cabello blanco, muy corto, un paraguas plegable en la mano derecha y una bolsa de tela con un girasol en la izquierda.

No parecía frágil, exactamente.

Había algo deliberado en su manera de mantenerse en pie, como si hubiera aprendido a administrar sus fuerzas con cuidado.

Le temblaban las dos manos.

No solo por el frío.

El muchacho le quitó el paraguas y la bolsa con un movimiento fácil, propio de quien ha hecho lo mismo tantas veces que ya no necesita pensarlo.

Le habló suavemente al oído.

Ella se volvió hacia Francisco.

Tenía unos ojos oscuros, vivos, muy claros en su manera de mirar.

Fuera lo que fuera lo que les ocurría a sus manos, no había alcanzado su mirada.

Dijo dos o tres palabras.

—Dice que gracias por venir —tradujo el muchacho.

Se llamaba Pau. Francisco lo supo cuando se presentó. Pau le estrechó la mano sin soltar ni el paraguas ni la bolsa, haciendo un pequeño malabarismo que resolvió con soltura.

Francisco le ofreció el brazo a la mujer.

Ella se apoyó en él con más firmeza de la que esperaba.

Emprendieron el regreso.

Pau sostenía el paraguas. Francisco acortó el paso hasta avanzar casi a la velocidad de quien permanece quieto.

La rodilla le dolía a cada pisada, con esa mezcla de punzada y molestia profunda que conocía tan bien.

No pensó en ella.

Una manzana.

Seis minutos.

Al llegar, Pau se adelantó para abrir la puerta.

La anciana, que se llamaba Carmen, se detuvo bajo el toldo y miró una vez hacia la calle, como quien comprueba que ha llegado.

Después entró.

El hombre de la cocina ya estaba junto a la mesa.

Había dejado un panecillo, un platito con aceite de oliva y el vaso lleno. También había colocado la cuchara con el mango orientado hacia la derecha.

Se llamaba Jordi y era el padre de Pau.

Le quitó el abrigo a Carmen y lo colgó junto a la puerta de la cocina. No en la fila de perchas de la entrada, donde estaban los abrigos de los demás.

En la suya.

Francisco comprendió entonces lo de la toalla. Estaba doblada varias veces, con cuidado, para elevar un poco el asiento. Sin ella, a Carmen el borde del cuenco le habría quedado demasiado cerca de la barbilla.

La anciana se sentó.

Pau guardó la bolsa bajo su silla y le dijo algo que la hizo despedirlo con un gesto de la mano.

Marta —Francisco había oído a Jordi llamarla así— llevó la sopa. Colocó el cuenco cerca de Carmen, al alcance de sus manos.

Francisco no estaba seguro de que debiera quedarse mirando.

Ahora entendía lo de la cuchara.

Carmen rodeó el mango de goma con las manos y se llevó la primera cucharada a la boca sin derramar nada.

Aquel movimiento le había costado un esfuerzo. Él podía verlo.

Marta miró a Francisco y señaló una mesa junto a la ventana que acababan de desocupar.

Elena se sentó allí y dejó el abrigo en el respaldo. Puso una segunda carta frente a la silla de su marido.

Francisco se acomodó.

La rodilla le dio una punzada fuerte y después volvió a convertirse en una molestia de fondo que podía soportar.

Elena pidió pescado. Francisco eligió una sopa de alubias y el mismo pescado que ella.

Pero seguía pendiente de Carmen.

Comía como come alguien para quien alimentarse se ha convertido en una tarea que exige toda su atención.

Despacio.

Concentrada.

Entre cucharadas descansaba, con las manos extendidas sobre la mesa y la mirada en la ventana.

Quizá miraba la lluvia. Quizá la calle detrás de la lluvia.

Pau salió y le llenó el vaso sin que ella se lo pidiera.

Carmen le dijo algo.

Él soltó una risa espontánea y le apoyó un instante la mano sobre la cabeza.

Ella le apartó la mano con un manotazo cariñoso.

El hombre de la mesa de atrás, con traje y computadora portátil, no había levantado la vista una sola vez.

Llegó la comida.

La sopa tenía un sabor intenso, ahumado, que Francisco no habría sabido explicar. Era lo más rico que había probado desde que aterrizaron.

Se lo dijo a Elena.

—¿Más que lo de anoche?

—Más que lo de anoche.

Ella lo observó unos segundos.

—No vas a volver a pedir disculpas.

No era una pregunta.

—¿Cómo?

—Conozco esa cara.

Francisco partió el pan.

—Hice lo que pude.

—Lo hiciste bien —respondió ella con tranquilidad—. Pediste perdón. Saliste a ayudar. Ahora deja que sea suficiente.

Durante su matrimonio, Francisco le había agradecido muchas veces aquella capacidad de cerrar un asunto sin volver a abrirlo.

También había pensado muchas veces, en silencio, que ella se equivocaba al hacerlo.

Ese día ya no estaba tan seguro.

El viaje había sido idea de Elena.

Francisco había sido quien finalmente dijo que sí.

Había ocurrido en enero, el domingo después de Año Nuevo. Parte de la congregación seguía de vacaciones y la iglesia estaba medio vacía.

El pastor había dicho algo que ahora no recordaba.

Lo que sí recordaba era haber mirado la banca de delante mientras pensaba en Gerardo Salinas, un conocido que había vendido su negocio el mismo año que él.

Gerardo se había mudado a Querétaro. Según le habían contado, salía a caminar y jugaba al golf.

Dos años después lo habían llevado de vuelta a Puebla para enterrarlo.

Un infarto.

Sesenta y ocho años.

Francisco se había quedado allí haciendo esas cuentas que se había prometido no hacer más.

Después inclinó la cabeza.

No fue una oración solemne. Ni siquiera utilizó las palabras que acostumbraba a usar en la iglesia.

Ayúdame a mejorar en lo que todavía hago mal.

Pensaba en cómo hablaba cuando alguien tardaba demasiado en la fila del supermercado.

En el tono que había usado con su yerno durante la cena de Navidad.

En tantos años de pequeñas impaciencias que, sumadas, empezaban a parecerse demasiado al hombre que no quería llegar a ser.

No estaba pensando en Barcelona.

Ni en una mesa de café un día de lluvia.

Vio a Carmen terminar la sopa.

Pau le llevó el postre sin preguntarle: una crema de color amarillo suave en una cazuelita.

La dejó delante de ella y regresó a la cocina.

Carmen miró el postre.

Apoyó las manos sobre la mesa.

Después volvió a tomar la cuchara.

Francisco recordó a un vecino de Cholula con quien había vivido en la misma calle durante veinte años. Su esposa tenía párkinson.

Antes los veía en la ferretería.

Al principio, ella sostenía la puerta mientras su marido cargaba las compras.

Después era él quien sostenía la puerta mientras ella salía despacio.

Más tarde, Francisco lo había visto empujando su silla de ruedas en el estacionamiento del supermercado.

Los había saludado con la mano.

Ellos le habían devuelto el saludo.

Había sido la última vez que los vio.

Nunca les llevó la comida que había pensado prepararles.

Había tenido intención de hacerlo.

Hacía quizá cinco años que no pensaba en aquello.

Hasta ese momento.

Cuando Francisco pidió la cuenta, Marta la dejó sobre la mesa junto a dos pequeños vasos de un licor ámbar.

—Los invita Carmen.

Francisco se volvió.

Carmen alzó su vaso de agua con una mano temblorosa y una seriedad casi ceremonial.

—Quiere saber de dónde son —añadió Marta.

—De México. De Cholula, cerca de Puebla.

Marta se lo explicó en catalán.

Carmen escuchó. Después dijo algo y señaló a Francisco con dos dedos.

Marta sonrió.

—Dice que no sabe dónde queda, pero que usted tiene cara de ser de un sitio así.

Francisco no tenía la menor idea de qué significaba aquello.

Le dio las gracias a Marta y probó el licor.

Era dulce, un poco amargo al final, con un sabor a hierbas que le recordó algún remedio de su infancia.

Elena probó el suyo e hizo esa expresión que ponía cuando algo no sabía como esperaba.

Francisco dejó una propina demasiado grande.

Lo supo mientras lo hacía.

La dejó de todos modos.

Afuera había dejado de llover. La calle empezaba a secarse por los bordes.

Elena le tomó el brazo y caminaron por donde habían venido.

—¿Y la rodilla?

—Está bien.

No estaba bien.

Pero era distinto sentir un dolor después de haber hecho algo concreto.

Podía soportarlo.

En enero había pedido paciencia. Quizá esperaba una prueba sencilla, de esas en las que uno distingue enseguida la respuesta correcta y consigue elegirla a la primera.

No había imaginado empezar siendo quien se equivocaba.

Ni que después le ofrecerían una oportunidad tan pequeña de hacerlo mejor.

Pensó en decírselo a Elena.

Pero no lo hizo.

Ella respondería «Lo sé», con aquella tranquilidad suya, y tendría razón. Y él se sentiría aliviado y un poco más humilde al mismo tiempo.

Se guardó el pensamiento.

La bolsa del girasol seguía debajo de la silla de Carmen cuando salieron.

Él se había fijado.

Pau sabría que estaba allí.

Elena le apretó el brazo una vez, sin decir nada.

Francisco miró sus zapatos sobre la piedra mojada y siguió caminando.

Fin de la historia.