La cuna que seguía plegada

Julia Martinez

Carmen tenía setenta y un años cuando su hija le pidió que cuidara a una bebé durante seis semanas.

—No —dijo Carmen, antes de que Elena pudiera terminar.

Al otro lado de la mesa de la cocina, su hija mantenía una mano sobre el portabebés. Un calcetín amarillo se había deslizado hasta dejar medio talón al descubierto.

—Mamá, no te lo pediría si hubiera alguien más.

Carmen lo sabía. Y eso era parte de lo que le daba rabia.

Elena tenía cuarenta y tres años, se estaba recuperando de una operación y el lunes empezaría la quimioterapia en Zaragoza. Su marido había muerto durante el embarazo. Carmen le había ofrecido llevarla a las citas, prepararle comida y darle dinero de una cuenta en la que tampoco sobraba mucho.

Pero las noches eran otra cosa. Levantar a una bebé era otra cosa. Que alguien la necesitara a cada hora era otra cosa.

—Tu padre y yo ya criamos a nuestros hijos.

—Lo sé.

Elena no discutió. Se inclinó con cuidado para subirle el calcetín a la niña, pero se detuvo y se apretó el costado con la palma.

Carmen apartó la mirada.

Junto al frigorífico estaba la cuna de madera plegada que llevaba queriendo donar desde el funeral de su marido. Él había revisado cada barrote antes de la primera visita de su nieto. Aquel nieto tenía ahora veintidós años.

—No puedo prometerte seis semanas —dijo Carmen.

—¿Podrías prometerme esta noche?

En la iglesia, Carmen había pedido que rezaran por Elena. Había dado las gracias a tres mujeres que se habían ofrecido a prepararles comida. Ahora retorcía un paño de cocina entre las manos, deseando que ayudar pudiera seguir siendo algo que ella organizaba.

La bebé se removió.

Elena sacó una libreta de la bolsa de los pañales y la puso sobre la mesa. La primera página estaba llena de horarios de tomas, escritos con su letra ordenada. Había varias líneas tachadas y escritas de nuevo.

—Necesito contarte por qué dejé de pedírselo a los demás —dijo.

Carmen acercó la silla que estaba junto a su hija.

El recuadro de la primera página

Era una libreta de espiral con tapas de cartón, de esas que venden junto a la caja de una papelería. Carmen reconoció la letra de Elena enseguida. Treinta años de tarjetas de cumpleaños y listas de la compra dejadas sobre la encimera durante sus visitas. Ahora la letra estaba más apretada, como si hubiera escrito de pie, sin tiempo para sentarse.

El nombre de la bebé aparecía dentro de un recuadro que Elena había trazado con una regla.

Nora Isabel. Nació el 14 de octubre. Pesó 2 kilos y 835 gramos.

Habían pasado tres meses desde octubre. Carmen hizo la cuenta sin levantar la vista.

Debajo del nombre había un horario de tomas a lápiz, borrado y corregido en muchos sitios. Cinco de la mañana, ocho, once. Junto a las once decía: A veces, antes. Al lado había otra nota, tan borrada que el papel se había quedado fino.

—¿Cuántas páginas son? —preguntó Carmen.

—Once.

Carmen levantó la mirada.

—Todavía hay muchas cosas que no puede hacer —dijo Elena—. Y algunas que ya hace y que quizá te sorprendan.

Carmen pasó a la segunda página. Más indicaciones sobre las tomas. Una lista de las cosas que hacían llorar a Nora en el coche y de lo que a veces no conseguía calmarla. Un apartado para la medicación: las tres de la tarde, el nombre escrito dos veces y una nota que decía: El teléfono de la pediatra está en la página nueve.

Al final de la segunda página, con otra tinta y una letra más pequeña, había escrito: No le gusta que la acueste antes de estar dormida del todo. Sé que es una mala costumbre. No pude evitarlo.

Carmen cerró la libreta.

Lo que habían dicho los demás

—Cuéntamelo —dijo Carmen.

Elena se acomodó en la silla. Se movía como quien ha aprendido qué posturas duelen y necesita calcular cada movimiento.

—Primero se lo pedí a Lucía.

Carmen conocía a Lucía. Era compañera de trabajo de Elena desde hacía doce años. Había mandado flores cuando murió Daniel y había llamado todas las semanas durante el otoño.

—Me dijo que sí. Durante unos cuatro días, al menos. Después vino con su marido y se sentaron a mi mesa.

Carmen esperó.

—Habían buscado información. Sobre dar a un bebé en adopción. —Elena mantuvo la voz serena—. Tenían el nombre de una agencia. Me lo dijeron con mucha delicadeza. Andrés trajo una carpeta.

Carmen todavía tenía el paño entre las manos. Lo dejó sobre la mesa.

—Después se lo pedí a mi vecina Pilar. Está jubilada, le encantan los bebés… De hecho, ella se había ofrecido primero. Durante dos semanas se portó de maravilla.

Hizo una pausa.

—Luego me presentó a su hija. Que conoce a un abogado de familia. Que, casualmente, lleva casos de adopción.

—Elena…

—No he terminado.

Carmen guardó silencio.

—Patricia.

La hermana de Daniel. Carmen solo la había visto dos veces: en la boda y en el funeral.

—Dijo que cuidaría de Nora las seis semanas. Que lo haría encantada. También dijo que, cuando acabara el tratamiento, si yo quería, ella y su marido estarían dispuestos a hablar de algo más permanente. Que así Nora tendría un padre.

Se oyó el motor del frigorífico. Nora hizo un pequeño ruido en el portabebés y siguió durmiendo.

—Todos la quieren —dijo Elena—. Eso es lo que hace tan difícil seguir enfadada. Creen que están siendo prácticos. Creen que me ayudan a ver las cosas con claridad.

Carmen se quedó pensando.

Sentada allí, comprendió que Elena no había venido simplemente a pedirle un favor. Había venido porque ya no le quedaba nadie que no convirtiera su petición en una oportunidad para plantearle otra cosa. Cada sí había terminado siendo el principio de una conversación distinta.

Y Elena, con cuarenta y tres años, una bebé de tres meses, el duelo por su marido todavía reciente y un cuerpo que no le daba tregua, se había levantado de aquellas mesas y había vuelto sola a casa con su hija.

—Yo no iba a decirte eso —dijo Carmen—. Lo que te dijeron ellos.

—Lo sé.

—Yo iba a decirte que no y dejar que encontraras otra manera.

Elena asintió. También lo sabía.

La cuna

Carmen se levantó y fue al fregadero. Llenó un vaso de agua que no quería, solo para poder quedarse un momento de espaldas a la habitación.

Al otro lado de la ventana, la luz tenía ese gris apagado de las tardes de enero. Casi cuarenta años antes había estado frente al mismo fregadero, mirando a Elena aprender a montar en bicicleta en la entrada de casa. Caerse, levantarse, volver a caer.

Carmen había seguido lavando los platos porque Elena le había pedido que no mirara. Incluso entonces había comprendido que algunas cosas se hacen mejor cuando uno cree que nadie lo observa.

Se volvió.

—¿Está durmiendo en ese portabebés?

—Se queda dormida más fácilmente ahí.

—Para pasar la noche tendrá que dormir en la cuna.

—Lo sé, mamá.

Carmen miró la cuna apoyada contra la pared. Su marido, Antonio, la había lijado dos veces antes de la primera visita de Marcos. Había pasado las manos por cada barrote buscando asperezas y después había vuelto a lijarla.

Marcos tenía veintidós años y vivía en Valencia. Desde el funeral de Antonio, la cuna seguía contra aquella pared, como un mueble que Carmen no sabía explicar por qué conservaba y que tampoco se decidía a quitar.

Se acercó y la desplegó. Una de las bisagras seguía atascándose. Había que empujar hacia un lado y levantar un poco, como hacía Antonio, y sus manos recordaron el movimiento sin pensarlo.

La cuna se abrió con un sonido conocido.

Carmen no dijo lo que sintió. No encontraba palabras que no parecieran sacadas de una tarjeta de condolencias.

Lo que decía la página ocho

Nora se despertó a las nueve y diecisiete. Carmen estaba sentada junto al portabebés, pendiente del reloj de la cocina, con la libreta abierta sobre las piernas.

La página ocho no contenía horarios.

Elena la había escrito despacio. La presión del bolígrafo era distinta, menos apresurada.

Cosas que quiero que sepa de su padre.

Había una lista numerada.

Daniel le había pedido matrimonio en un aparcamiento porque el restaurante había perdido su reserva y él no había querido esperar.

Preparaba sopa con lo que quedaba en el frigorífico al final de la semana. La llamaba sopa de fin de semana. Nunca le salía igual y casi siempre estaba buena.

Había llorado al final de la película que vieron en su tercera cita y había dicho que le había entrado algo en el ojo. Elena lo había dejado decirlo.

El número siete decía: Quería llamarla Nora porque su abuela se llamaba así y porque decía que era nombre de una mujer que sabe lo que quiere.

Carmen estaba leyendo el número once cuando la bebé empezó a quejarse.

Dejó la libreta sobre el asiento de la silla y levantó a Nora antes de que el llanto aumentara, como advertía la página tres.

Pesaba más de lo que esperaba. Estaba tibia contra su pecho. Nora dejó de llorar a mitad de un sollozo.

Elena dormía en el sofá. Había dicho que llevaba despierta desde las cuatro, y la operación la había dejado más agotada de lo que había reconocido ante nadie. Carmen lo veía ahora que, por fin, descansaba: su rostro ya no parecía pendiente del siguiente problema que debía resolver.

Carmen llevó a Nora hasta la ventana.

La niña no lloró. Miraba hacia arriba con la concentración de quien intenta distinguir algo que todavía ve borroso. Abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Hola, Nora —dijo Carmen.

Los ojos de Nora se movieron. No hacia su cara, sino hacia algún punto cercano.

Carmen permaneció en su cocina a las nueve y media de la noche, iluminada apenas por la luz de la campana. Sostenía a una bebé que no había pensado cuidar y llevaba consigo un duelo que aún no había terminado de atravesar.

A su alrededor seguía la casa que había compartido con Antonio.

Y no se permitió pensar más allá de la siguiente hora.

Una noche que todavía no terminaba

A la mañana siguiente, Elena tomó café y repasó con ella el resto de la libreta.

Las páginas nueve y diez contenían información médica. La once era una lista de las cosas que, por ahora, parecían hacer reír a Nora. No era muy larga, pero tenía una anotación reciente.

La última decía: El ruido de una cremallera. No sé por qué.

Carmen la leyó dos veces y no añadió nada.

Elena se marchó a las once. Abrazó a Carmen en la puerta, empezó a decir algo y se detuvo.

Carmen la entendió. Hay cosas que cuesta más decir cuando todavía no sabes si serán ciertas, cuando aún necesitas que lo sean.

Se quedó en la entrada hasta que el coche dobló la esquina.

Después entró.

Nora estaba despierta en la cuna que Antonio había preparado, aparentemente a gusto. Miraba hacia arriba, hacia eso que miran los bebés. El móvil de plástico que Elena había traído en una bolsa giraba despacio con la corriente de la calefacción.

Carmen acercó la silla y se sentó.

No la cogió en brazos. Se quedó allí, en su casa, en el silencio de un martes, mirando a su nieta intentar entender el techo.

Seis semanas, tal vez.

Había prometido aquella noche.

Y aquella noche todavía no había terminado.

Fin del cuento.

Si esta historia te ha acompañado un momento, compártela con alguien que pueda necesitarla. Y cuéntame: ¿qué habrías hecho tú en aquella mesa de cocina?