La primera explosión era parte del ejercicio

Julia Martinez

La primera explosión era parte del ejercicio. La segunda sepultó a los instructores. Entonces, una voz se escuchó por la radio:

—No permitan que el teniente Santiago Mendoza salga vivo de este campamento.

Diez minutos antes, el teniente Santiago Mendoza observaba el amanecer sobre un campamento militar aislado en la sierra de Chihuahua. Su escuadra estaba a punto de enfrentar la evaluación final: entrar en unas instalaciones que simulaban una base enemiga, localizar a los rehenes y regresar con todos a salvo.

Para el recluta Emiliano Torres, de diecinueve años, aquello marcaría la diferencia entre ganarse su lugar en el Ejército o volver a casa.

—No te separes de mí —le dijo Santiago—. Escucha antes de moverte.

La primera detonación levantó una nube de polvo sobre el campo de entrenamiento. Los soldados avanzaron entre el humo mientras los instructores los observaban desde una sala de control elevada.

Entonces llegó la segunda explosión.

La sala de control desapareció detrás de una pared de fuego. Pedazos de concreto cayeron sobre el patio. Alguien pidió a gritos un médico, y los canales de radio se llenaron de voces que se atropellaban unas a otras antes de quedar en silencio.

Santiago levantó el puño. Su escuadra se detuvo.

Eso no estaba previsto en las instrucciones.

Al otro lado del patio, una figura apareció entre el humo con un rifle en las manos. Uno de los soldados de Santiago le apuntó.

—¡No disparen!

La figura avanzó tambaleándose. Era un instructor que sangraba abundantemente y arrastraba a otro hombre sujetándolo del chaleco.

La escuadra comenzó a atender la emergencia de inmediato. Dos soldados aseguraron el patio mientras los demás sacaban a los sobrevivientes de entre los escombros. Emiliano se metió debajo de una viga fracturada para llegar hasta un instructor que tenía las piernas atrapadas.

—Déjame aquí —alcanzó a decir el hombre.

Emiliano siguió retirando los escombros.

Santiago llegó a la sala de control destruida y encontró al comandante del campamento debajo de un escritorio volcado. A su lado había un maletín de equipo abierto.

Dentro había cartuchos de munición real.

En el ejercicio debían utilizarse balas de salva.

Antes de que Santiago pudiera preguntarle algo, el comandante lo sujetó de la muñeca.

—No uses el canal principal.

—¿Quién hizo esto?

El comandante miró por encima de su hombro, hacia la cerca que rodeaba el campamento.

Entonces, la radio de Santiago crepitó.

—No permitan que el teniente Mendoza salga vivo de este campamento.

Todos los soldados que estaban en la sala lo escucharon.

Afuera comenzaron a encenderse motores. A través de las ventanas destrozadas, Santiago vio varios vehículos militares atravesarse frente a la única salida del campamento. De ellos bajaron hombres que llevaban el mismo uniforme que su escuadra.

Su sargento habló en voz baja.

—Mi teniente… esos son de los nuestros.

Santiago arrastró al comandante hasta un lugar protegido.

—Bajen a los heridos. Que nadie se acerque a esos vehículos.

Emiliano apareció en la puerta, pálido y cubierto de polvo. Había recuperado un teléfono del instructor al que acababa de rescatar.

—Tiene que ver esto.

En la pantalla aparecía una transmisión en vivo de la sala de control.

Santiago se vio a sí mismo de pie junto a Emiliano.

Debajo de la imagen apareció un mensaje:

MENDOZA ENCONTRÓ LA MUNICIÓN. INICIEN LA FASE DOS.

En la planta baja, una pesada puerta de acero se cerró de golpe.

Entonces sonó el teléfono que Emiliano llevaba en la mano.

El nombre de quien llamaba era SANTIAGO MENDOZA.

Santiago metió lentamente la mano en su bolsillo.

Su propio teléfono estaba apagado.

Lo que Emiliano hizo con la llamada

Aun así, contestó.

Santiago no tuvo que ordenárselo. Emiliano lo miró una sola vez, recibió un pequeño gesto de aprobación y presionó el botón verde. Activó el altavoz y sostuvo el teléfono entre los dos.

Silencio durante dos segundos. Tres.

Entonces una voz dijo:

—Pásame a Mendoza.

No era la voz de Santiago. Se parecía, quizá. Tenía el mismo ritmo, el mismo acento norteño. Pero algo no encajaba: como cuando se coloca una copia junto al original y la diferencia resulta evidente en cuanto uno sabe dónde mirar.

Emiliano no respondió.

La voz continuó:

—Sabemos dónde están. Vengan a la entrada principal. Traigan al comandante. Nadie va a salir lastimado.

Santiago tomó el teléfono.

—¿Quién autorizó la munición real?

Hubo una pausa. Lo bastante larga como para significar algo.

—No intervenga, teniente. Esa información está por encima de su nivel de autorización.

—Entonces comuníqueme con alguien que sí esté autorizado.

La llamada se cortó.

Santiago le devolvió el teléfono a Emiliano. A su alrededor, la sala destruida crujía mientras los restos se asentaban. El polvo entraba por un hueco donde antes había estado el techo. En algún lugar del piso de abajo, un hombre gemía suavemente mientras otro soldado le repetía que respirara, que siguiera respirando.

El comandante ya estaba sentado, con la espalda apoyada contra el escritorio volcado y una mano sobre la herida que tenía encima del ojo. Miraba a Santiago con una expresión que todavía resultaba difícil de interpretar.

—¿Desde cuándo lo sabía? —le preguntó Santiago.

El comandante bajó la mirada.

—Desde hace tres días.

Lo que había dentro del maletín

Los cartuchos de munición real no habían llegado por accidente ni por un error de sustitución. El comandante lo explicó con frases cortas, interrumpiéndose dos veces para toser.

Dos semanas antes del ejercicio había recibido una orden para trasladar todas las existencias de munición de salva del campamento. Según los documentos, era un movimiento de rutina. Él lo había autorizado. El cargamento de reemplazo llegó sellado y con las etiquetas correctas, y no lo revisó porque venía acompañado de la documentación y los sellos correspondientes.

Lo inspeccionó cuatro días antes, después de que un sargento de abastecimiento detectara una irregularidad en el peso registrado.

Cada cartucho de cada caja era munición real.

Lo había reportado a sus superiores. No recibió respuesta. Volvió a reportarlo. La segunda vez, alguien lo llamó a una línea privada y le dijo que el ejercicio se realizaría según lo previsto y que no debía comentar la irregularidad con nadie, ni siquiera con sus propios oficiales.

—Debí haberlo cancelado —dijo.

—Sí —respondió Santiago.

No iba a discutirlo en ese momento. Lo discutirían después, suponiendo que hubiera un después.

El maletín junto al escritorio contenía las pruebas que el comandante había reunido por su cuenta: documentos de la orden de traslado, fotografías de las etiquetas de las cajas y una hoja doblada con el registro de los dos reportes que había presentado y la única respuesta que había recibido.

Al final de aquella respuesta aparecía un nombre: coronel Beltrán, de la comandancia regional en Saltillo.

Santiago había conocido a Beltrán una vez. Un apretón de manos durante una ceremonia. Un hombre corpulento, de mirada calculadora.

Dobló la hoja y se la guardó en el bolsillo del pecho.

—¿Hay otra salida de este edificio?

El comandante casi sonrió.

—Un túnel de mantenimiento. Pasa por debajo del muro del lado este. Sale detrás del área de vehículos.

El túnel olía a agua estancada

Era tan bajo que Santiago tuvo que avanzar inclinado, y el piso estaba mojado por una tubería que se había roto durante la explosión. Emiliano iba adelante con una lámpara. Detrás de él avanzaban dos soldados que ayudaban al instructor herido, el hombre al que Emiliano había sacado de debajo de la viga.

Se llamaba cabo Cárdenas. No tenía fracturada la pierna izquierda, pero el golpe había sido fuerte, y solo podía avanzar si alguien le ayudaba a sostener el peso de ese lado.

El comandante iba al final. Había encontrado una pistola entre los escombros y la llevaba apuntando al suelo.

El túnel debía medir unos cuarenta metros. Se sintió mucho más largo. Santiago contó sus pasos y dejó de hacerlo después del sesenta.

Salieron por una escotilla detrás de una fila de camiones cisterna. El área de vehículos estaba vacía. Al otro lado de una extensión de grava podían ver la entrada principal: tres vehículos atravesados y varios hombres moviéndose entre ellos, con la actitud de quienes esperan que alguien salga de su escondite.

Santiago contó ocho hombres. Quizá había otros que no alcanzaba a ver.

Su sargento, Navarro, se agachó a su lado. Tenía treinta y cuatro años y estaba en el Ejército desde los diecisiete. Poseía esa rara capacidad de mantener la voz completamente serena cuando todo iba mal.

—Ni siquiera intentan esconderse —dijo—. Quieren que los veamos.

—Quieren que salgamos por el frente —respondió Santiago.

—Entonces no salimos por ahí.

—Entonces no salimos por ahí.

Su escuadra estaba formada por ocho soldados, además de Emiliano. Tres habían recuperado rifles entre los escombros. Los demás llevaban armas cortas. Enfrentarse a ocho hombres en una salida bloqueada, a plena luz del día y sobre terreno abierto, no les daba muchas posibilidades.

Pero había algo más que podían aprovechar.

La transmisión seguía activa

Emiliano no había dejado de revisar el teléfono desde que entraron al túnel. Ahora levantó la pantalla para que Santiago la viera.

La cámara seguía transmitiendo. Mostraba el interior de la sala de control destruida, ya vacía, con el escritorio volcado y el maletín todavía visible en el piso.

Alguien estaba vigilando esa sala. Eso significaba que quienes bloqueaban la entrada recibían información desde otro punto del campamento.

Santiago lo pensó por un momento.

Miró a Navarro.

—Préstame tu radio.

Navarro se la entregó. Santiago la cambió al canal principal, el mismo que el comandante le había advertido que no utilizara. Presionó el botón para transmitir, pero no dijo nada. Lo mantuvo apretado mientras contaba hasta cinco y luego lo soltó.

Diecisiete segundos después, uno de los vehículos de la entrada comenzó a moverse. Se separó de los demás y avanzó hacia el edificio de la sala de control.

Un vehículo. Dos hombres visibles a través del parabrisas.

Aquello indicaba que alguien vigilaba las transmisiones del canal principal y acababa de avisar a los hombres de la entrada que Santiago seguía en el edificio.

Santiago le devolvió la radio a Navarro.

—Cuando ese vehículo llegue al edificio, en la entrada quedarán seis. Tal vez cinco.

Emiliano estaba haciendo algo con el teléfono. Santiago lo observó sin preguntarle. El muchacho había llamado su atención desde la primera semana de entrenamiento, no porque fuera el más fuerte ni el más rápido, sino porque pensaba mientras se movía. La mayoría de los reclutas dejaban de hacer una cosa cuando empezaban la otra.

Emiliano giró el teléfono para mostrarle la pantalla. Había encontrado la dirección de origen de la transmisión en el historial del navegador.

La cámara transmitía a través de un servidor. El servidor tenía una página de acceso.

Y alguien había iniciado sesión en ese teléfono aquella misma mañana. La sesión seguía abierta, así que Emiliano estaba dentro de la misma cuenta que utilizaban para vigilarlos.

—Puedo mandar un mensaje desde el panel de la cámara —dijo—. Va a parecer que lo envió la persona que organizó todo esto.

Santiago lo miró.

—¿Qué quiere que diga?

El mensaje que despejó la entrada

Santiago pensó durante once segundos. Los contó.

Luego dijo:

—Escribe esto: MENDOZA ESTÁ EN EL TÚNEL. MURO ESTE. BLOQUEEN EL ÁREA DE VEHÍCULOS.

Emiliano lo escribió. Levantó la vista una vez y lo envió.

Observaron la entrada principal por el espacio entre los camiones cisterna.

Por un momento no pasó nada.

Luego, otros dos vehículos se dirigieron hacia el muro este. En la entrada quedaban menos hombres. Tal vez cuatro.

Seguían sin tener una ventaja clara. Pero las posibilidades habían cambiado.

Navarro habló:

—La cerca del lado norte. Hay una parte que no reforzaron después de la última inspección. Lo sé porque yo hice el reporte y nadie hizo nada.

—¿Qué tan grande es el espacio?

—Lo suficiente para pasar.

Avanzaron por la parte trasera del área de vehículos, manteniendo los camiones cisterna entre ellos y la entrada. Cárdenas iba despacio, pero seguía caminando. El comandante logró mantener el paso. Emiliano iba al final otra vez, pendiente del teléfono.

—Están respondiendo al mensaje —dijo en voz baja—. Piden confirmación.

—No se las des —respondió Santiago.

—Lo sé.

La cerca del lado norte era de malla ciclónica, y Navarro tenía razón: una sección de cuatro metros se inclinaba hacia afuera porque los postes se habían oxidado en la base.

Uno de los soldados levantó la malla. Pasaron de uno en uno y se internaron entre los matorrales, bajo la luz pálida de la mañana, con el campamento detrás y las montañas enfrente.

Santiago cruzó al final.

Se detuvo junto a la cerca y miró hacia atrás. Los vehículos que quedaban en la entrada no se habían movido. Los dos hombres del vehículo estacionado frente a la sala de control seguían esperando a que él saliera.

La hoja con el nombre de Beltrán estaba en el bolsillo de su pecho.

La tocó una vez por encima de la tela, como se toca algo para comprobar que sigue ahí.

Después se internó entre los matorrales.

Lo que ocurrió en los días siguientes

Llegaron a una carretera cuarenta minutos después. Un trailero que viajaba hacia el sur los llevó hasta el siguiente pueblo sin hacer preguntas. Quizá era un buen hombre. O quizá había visto suficientes cosas extrañas en aquella carretera como para no preguntar por una más.

Santiago hizo tres llamadas desde un teléfono prestado en una gasolinera. Las primeras dos no entraron. La tercera lo comunicó con un coronel bajo cuyas órdenes había servido dos años atrás: el coronel Aguilar, destinado en la Ciudad de México.

Era un hombre que, en distintas ocasiones, había demostrado que le importaba hacer lo correcto.

Aguilar escuchó sin interrumpir. Cuando Santiago terminó, preguntó:

—¿Dónde están?

Santiago se lo dijo.

—No se muevan.

Cuatro horas después los recogió un vehículo sin distintivos. Dentro iban dos hombres que mostraron sus identificaciones, pero no dieron sus nombres. El comandante se fue con ellos. A Cárdenas lo trasladaron a un hospital en otro vehículo. El resto de la escuadra fue recogido en el pueblo en dos grupos durante las seis horas siguientes.

Emiliano se sentó junto a Santiago en la parte trasera y habló poco. En algún momento se quedó dormido sentado, todavía con el teléfono en la mano y la pantalla, por fin, apagada.

La investigación duró once semanas. Santiago contó lo ocurrido cuatro veces ante cuatro instancias distintas. En todas mencionó a Beltrán. En todas entregó la documentación. Describió la munición, la transmisión de la cámara y la voz que había escuchado por teléfono, una voz que se parecía a la suya sin serlo.

En la cuarta semana, el coronel Beltrán fue suspendido mientras continuaba la investigación.

En la octava aparecieron otros dos nombres. Hombres de mayor rango que Beltrán.

El ejercicio no había sido organizado específicamente para matar a Santiago, lo que de alguna manera hacía todo aún peor: se había convertido en un testigo incómodo de una operación de suministros que llegaba mucho más lejos que aquel campamento perdido entre las montañas.

En la undécima semana, Santiago quedó libre de cualquier responsabilidad. Él sabía que no había hecho nada malo, pero aun así habían necesitado once semanas para confirmarlo oficialmente.

Emiliano Torres se ganó su lugar.

La junta evaluadora determinó que su actuación durante el incidente cumplía con los requisitos del ejercicio final. A Santiago le pareció una manera bastante discreta de describir lo que aquel muchacho había hecho.

Había rescatado a un hombre cuando le pidieron que lo abandonara. Había mantenido la calma cuando todo se derrumbaba. Y había ayudado a sacar con vida a sus compañeros de una trampa de la que, en apariencia, nadie debía escapar.

Un martes de noviembre, ambos se dieron la mano afuera del edificio donde se había realizado la investigación. Hacía frío y el sol apenas calentaba.

—¿Vas a estar bien? —preguntó Santiago.

Emiliano lo pensó un momento.

—Sí —respondió—. ¿Y usted?

Santiago metió las manos en los bolsillos.

—Pregúntame dentro de un año.

Emiliano asintió. Luego miró el uniforme que tanto le había costado ganarse.

Había llegado a aquella evaluación con miedo de que lo mandaran a casa. Ahora se iba con su lugar ganado y con la certeza de que, cuando sus compañeros lo necesitaran, sabría responder.

FIN DE LA HISTORIA

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