El primer hombre se rio cuando Mariana dio las palmadas para rendirse.

Camila Mendoza

El segundo mantuvo la llave al cuello tres segundos más.

—Muy débil —le susurró antes de soltarla.

Mariana se quedó sentada sobre el tatami, tosiendo. Al otro lado del salón, nadie se atrevía a mirarla a los ojos.

Se había inscrito en aquella academia de jiu-jitsu brasileño en Monterrey seis semanas antes. Llegaba después del trabajo, usaba un uniforme blanco sencillo y siempre elegía la esquina más cercana a la salida. La mayoría pensaba que era tímida.

Diego y Víctor pensaban que podían hacer con ella lo que quisieran.

Llevaban un mes demostrándoselo el uno al otro.

A Diego le gustaba usarla para demostrar técnicas sin pedirle permiso. Víctor solía decirle que lastimarse era parte del aprendizaje. Cuando Mariana se quejaba de una muñeca amoratada, la llamaban exagerada. Cuando dejó de quejarse, empezaron a llamarla obediente.

Aquella noche, el instructor había entrado a su oficina para contestar una llamada.

Víctor miró la puerta cerrada y luego volvió a mirar a Mariana.

—Otro round.

—No.

Él le sonrió a Diego.

—Tiene miedo.

Mariana se puso de pie y se acomodó la chaqueta del uniforme. Le dolía la garganta al tragar.

—Dije que no.

Caminó hacia su mochila.

Diego se atravesó en su camino.

Era corpulento, estaba sudando y todavía sonreía.

—No vas a mejorar si te rindes.

—Quítate.

Por un instante, pareció sorprendido. Después la sujetó de la manga y la jaló de vuelta al tatami.

Mariana perdió el equilibrio.

Víctor se rio.

Algo dentro de ella quedó completamente en calma.

Miró la mano de Diego.

—Suéltame.

Él apretó más.

Mariana se acercó, lo sujetó de la manga y giró por debajo de su brazo. Metió la cadera bajo su centro de gravedad.

Los pies de Diego se despegaron del suelo.

Cayó con tanta fuerza que todo el salón quedó en silencio.

Mariana lo soltó de inmediato y retrocedió.

Diego permaneció acostado, parpadeando hacia el techo.

Víctor dejó de reírse.

—¿Qué demonios fue eso?

Mariana intentó tomar su mochila.

Él la agarró por detrás.

Le cruzó el antebrazo sobre la clavícula y cerró la otra mano alrededor de su chaqueta. Mariana bajó la barbilla y sujetó el brazo con ambas manos antes de que pudiera apretar la llave.

—¿Ahora sí quieres pelear? —le dijo entre dientes.

Ella bajó su centro de gravedad y giró hacia el pequeño espacio que quedaba debajo del codo de Víctor. El agarre se aflojó. Logró zafarse, quedó frente a él y lo empujó para alejarlo.

—No te acerques.

Diego ya se estaba levantando.

Ahora no sonreía.

Fue el primero en lanzarse.

Mariana se movió hacia un lado. Él alcanzó a sujetar su chaqueta, pero no logró atraparla. Ella aprovechó el impulso para hacerlo tropezar contra Víctor.

Los dos chocaron hombro con hombro.

Alguien junto a la pared dijo:

—Ya, paren.

Ninguno hizo caso.

Víctor apartó a Diego y volvió a lanzarse contra ella. El talón de Mariana se atoró en el borde del tatami.

Cayó de espaldas.

Él se dejó caer encima.

Durante un segundo horrible, lo único que pudo percibir fue el olor de su sudor.

Entonces recordó su entrenamiento.

Crear una barrera. Respirar. Hacer espacio.

Apoyó el antebrazo contra el pecho de Víctor, desplazó la cadera y atrapó uno de sus brazos. Cuando él intentó soltarse, Mariana giró con él.

El codo quedó extendido.

Víctor golpeó el tatami.

Una vez.

Dos veces.

Ella había empezado a soltarlo desde la primera palmada.

Él se arrastró hacia atrás, sujetándose el brazo, y la miró como si hubiera roto un acuerdo que nunca se había molestado en explicarle.

Diego permanecía a unos pasos.

Mariana se levantó despacio. Ahora le temblaban las manos, pero las mantuvo arriba.

—¿Ya terminaron?

La puerta de la oficina se abrió.

El profesor Ramírez observó la escena: Víctor en el suelo, Diego respirando con dificultad y una botella de agua tirada junto a la mochila de Mariana.

—¿Qué pasó?

—Ella nos atacó —respondió Diego de inmediato.

Nadie dijo nada.

Mariana recorrió el salón con la mirada.

Doce personas.

Todas habían visto lo que había sucedido.

Entonces, una muchacha que estaba junto a las bancas levantó su celular.

—Yo lo grabé.

Diego se volvió hacia ella.

El profesor Ramírez se interpuso.

—Ustedes dos. Agarren sus cosas.

Víctor comenzó a protestar.

—Ahora.

Se fueron sin mirar a Mariana.

Solo cuando la puerta de entrada se cerró de golpe, ella se sentó. La muchacha le llevó agua y se quedó a su lado mientras los demás recogían sus pertenencias en silencio.

Cuando la academia quedó vacía, Mariana ya respiraba con más calma.

El profesor Ramírez se sentó frente a ella.

—¿Dónde entrenabas antes?

Mariana miró la botella que sostenía entre las manos.

—Fue hace mucho tiempo.

—Debiste habérmelo dicho.

—Quería empezar de nuevo.

Él esperó, pero ella no añadió nada.

Afuera, la lluvia golpeaba las ventanas. Mariana se puso la chamarra y revisó su celular.

Un mensaje nuevo.

De un número que no reconocía.

Traía una fotografía adjunta: su hija saliendo de la escuela aquella tarde.

Debajo aparecía una sola frase.

Debiste haberlos dejado ganar.

Lo que hizo después

No llamó a la policía.

Todavía no.

Se sentó dentro de su coche, en el estacionamiento, con el motor apagado, y se quedó mirando la fotografía.

Su hija, Sofía, tenía nueve años. Llevaba la mochila verde con el cierre descompuesto que Mariana llevaba semanas prometiendo cambiar. La foto estaba tomada desde el otro lado de la calle, quizá desde un automóvil. Sofía miraba algo que tenía entre las manos, probablemente su consola Nintendo, sin darse cuenta de nada.

La hora marcada era las 3:47 de la tarde.

Las clases terminaban a las 3:30.

A las 3:47, Mariana seguía en el trabajo. Sofía se quedaba en el programa de actividades después de clases hasta las cinco. Alguien había estado afuera de aquel edificio, le había tomado una fotografía a su hija y se la había enviado desde un número desconocido.

Querían que supiera que la estaban vigilando.

Pero no querían que supiera quién.

Sus manos habían dejado de temblar.

Eso era lo extraño.

Reenvió la fotografía y el mensaje a su correo electrónico. Después tomó una captura del número, lo anotó y se lo mandó a su hermana Daniela con una sola instrucción:

Guarda esto.

Luego condujo hasta la escuela de Sofía.

La coordinadora de las actividades de la tarde, una mujer de aspecto cansado llamada Beatriz, confirmó que la abuela había recogido a la niña a las cinco, como siempre.

Mariana le dio las gracias y permaneció otros seis minutos en el estacionamiento antes de sentirse capaz de manejar hasta la casa de su madre sin pasarse un semáforo.

Sofía estaba en la mesa de la cocina haciendo la tarea.

Tenía una cajita de jugo y un plato de galletas saladas. Cuando vio entrar a Mariana, levantó la cabeza.

—Mamá, ¿sabías que la lengua de una jirafa mide como cuarenta y cinco centímetros?

—No lo sabía —respondió Mariana.

Se sentó frente a ella y la observó dibujar una jirafa en el margen de su hoja de matemáticas.

Se quedó a cenar.

Ayudó a Sofía a bañarse.

Leyeron dos capítulos del libro que estaban leyendo juntas: una historia sobre una niña que encontraba una puerta en el jardín de su abuela y descubría que conducía a un lugar inexplicable.

A las ocho y media acostó a su hija.

Después regresó a la cocina y le contó todo a su madre.

El nombre que llevaba cuatro años sin pronunciar

Su madre, Rosa, tenía sesenta y tres años y había trabajado durante treinta como administradora de un hospital. No era una mujer que se asustara fácilmente.

Pero cuando Mariana terminó de hablar, Rosa dejó la taza de café sobre la mesa.

—¿Crees que sea Gerardo?

Mariana había estado esperando esa pregunta.

—No lo sé.

Gerardo Pineda.

Su exesposo.

El padre de Sofía, aunque un juez de lo familiar en Saltillo le había retirado la patria potestad en 2021, después de una tercera orden de protección y una condena por acoso. Su abogado había conseguido que los cargos originales se redujeran.

Al salir del juzgado, Gerardo se había detenido en el pasillo y le había dicho al abogado de Mariana, lo bastante fuerte para que ella lo escuchara, que había cometido un error cuyas consecuencias todavía no entendía.

Desde entonces, Mariana se había mudado dos veces.

Otra ciudad.

Había vuelto a usar su apellido de soltera.

La academia era lo primero que había hecho exclusivamente para ella desde la última mudanza. La había elegido porque era pequeña, porque apenas tenía presencia en internet y porque una compañera del trabajo se la había recomendado.

Seis semanas.

Había logrado pasar seis semanas antes de que algo volviera a encontrarla.

—Puede que no sea él —dijo su madre.

—¿Quién más podría ser?

Rosa no respondió.

Mariana pensó en Diego y Víctor. En la seguridad con la que Diego le había agarrado la manga. En la manera en que había dado por hecho que ella se dejaría arrastrar.

Pensó en el mensaje.

Debiste haberlos dejado ganar.

Diego era un abusivo, pero también era torpe. Aquel mensaje parecía venir de alguien que había estado observando lo suficiente para enterarse de lo ocurrido esa noche.

Alguien que tenía su número.

Alguien que sabía dónde estudiaba Sofía.

A las nueve y cuarto llamó a la policía.

El oficial que casi dejó todo en un reporte

El oficial que llegó se apellidaba Torres. Era joven, quizá de unos veintiséis años, y llevaba una libreta y una pluma cuyo botón no dejaba de presionar.

Escuchó a Mariana, revisó la fotografía, leyó el mensaje y tomó notas.

—¿Tiene un domicilio actual de su exesposo?

—El último que conozco está en Saltillo. Pero eso fue hace dos años.

—¿Y la orden de protección?

—Ya venció.

Él escribió algo y volvió a presionar el botón de la pluma.

—El número del mensaje —dijo Mariana—. ¿Pueden rastrearlo?

—Podemos solicitar que se investigue. Tal vez sea una línea de prepago.

Ella ya se esperaba esa respuesta.

—La fotografía fue tomada afuera de la escuela de una menor —insistió—. ¿Eso es suficiente para abrir una investigación?

—Es suficiente para levantar el reporte. Le recomiendo solicitar una nueva orden de protección mañana y avisar a la escuela.

Lo dijo con el tono de alguien que ya estaba pensando en la siguiente llamada.

Mariana lo observó un momento.

—Me va a decir que esta noche no pueden hacer nada.

Él tuvo la decencia de verse incómodo.

—Le voy a pedir que guarde toda la evidencia y nos llame si alguien intenta acercarse a usted.

Mariana le dio las gracias.

Lo acompañó hasta la puerta.

Cuando se fue, cerró con llave, puso la cadena y regresó a la cocina.

Su madre seguía sentada a la mesa.

—¿Y bien?

—Voy a necesitar el video.

La muchacha que cambió las cosas

Se llamaba Valeria.

Tenía diecisiete años, dos cintas en su cinturón blanco y era hija de la única otra mujer que entrenaba regularmente en la academia del profesor Ramírez.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban, le explicó a Mariana que llevaba dos semanas grabando a Diego y Víctor.

—Primero me lo hicieron a mí —dijo—. No tan fuerte como anoche. Pero lo suficiente.

Tenía cuatro videos distintos.

El más claro duraba once minutos. Se veía a Diego sujetando a Mariana de la manga desde dos ángulos, porque Valeria había cambiado de posición durante la grabación.

Se veía el antebrazo de Víctor cruzado sobre la clavícula de Mariana.

Se veía el momento en que ella caía de espaldas y él se dejaba caer encima con todo su peso.

También se escuchaba a Diego decir, después de que Mariana intentara alejarse del tatami por primera vez:

—Tarde o temprano va a entender.

Mariana reprodujo esa parte dos veces.

Le envió el video a su abogada.

También se lo mandó al profesor Ramírez, junto con un relato escrito de todos los incidentes que podía recordar y fechar.

A las ocho cuarenta y cinco presentó la solicitud de una nueva orden de protección.

A las dos de la tarde, un juez la había autorizado.

Su abogada había incluido la fotografía de Sofía, la hora en que había sido tomada y el mensaje que la acompañaba.

A veces, una prueba así bastaba para que las cosas se movieran rápido.

Diego y Víctor quedaron suspendidos de la academia mientras se revisaba lo sucedido. El profesor Ramírez se encargó de notificárselos.

Después llamó a Mariana.

—Debí haberme dado cuenta.

Ella no le dijo que no era su culpa.

No estaba segura de que eso fuera completamente cierto.

El número que dejó una pista

Tres días después, llamó su abogada.

La línea de prepago había sido adquirida once días antes en una tienda de conveniencia de las afueras de Saltillo.

La habían pagado en efectivo.

No había un nombre asociado a la compra.

Pero el teléfono se había conectado a una antena en Monterrey la noche del incidente en la academia. También a la mañana siguiente y, una tercera vez, dos días después.

Seguía en la ciudad.

Mariana dejó a Sofía en casa de Rosa y cambió su rutina.

Otra ruta para ir al trabajo.

Otro estacionamiento.

Otro lugar para comprar café.

Pequeños ajustes.

Los mismos que había aprendido a hacer la primera vez.

Al cuarto día, un vecino que vivía dos puertas más allá de su departamento le escribió. Un hombre había tocado a su puerta para preguntarle si sabía en cuál departamento vivía Mariana.

El vecino, don Felipe, era un señor que paseaba a su perro a cualquier hora y conocía a todo el edificio.

Le había dicho al desconocido que se había equivocado de lugar.

Después le mandó a Mariana una descripción.

Ella se la reenvió a su abogada y a la investigadora Karina Ávila, quien había tomado el caso después del oficial Torres.

A diferencia de él, Karina le había devuelto la llamada el mismo día, sin que Mariana tuviera que insistir.

Una hora después de recibir la descripción, volvió a llamar.

—Lo encontramos.

Estaba estacionado a cuatro cuadras del departamento de Mariana.

Gerardo Pineda.

Sentado en un Kia rentado, con un vaso de café, un teléfono y una vista despejada de la calle por la que ella caminaba todas las mañanas.

Todavía no había incumplido formalmente la nueva orden de protección.

Se había quedado apenas fuera del perímetro establecido.

Pero Karina lo detuvo de todos modos.

Había una orden de aprehensión pendiente en Saltillo por haber incumplido una de las condiciones que le habían impuesto al obtener su libertad.

Llevaban seis semanas intentando localizarlo.

En el expediente, podía parecer un detalle menor.

En la práctica, fue suficiente.

Mariana recibió la noticia un jueves a las seis dieciocho de la tarde.

Estaba en la cocina de su madre.

Sofía veía la televisión en el cuarto de al lado, con el volumen demasiado alto.

Mariana dejó el teléfono sobre la cubierta.

Rosa la miró.

Ella tomó un trapo de cocina, lo dobló dos veces sin motivo y volvió a dejarlo en su lugar.

—Ya lo detuvieron —dijo.

Desde la sala, Sofía gritó:

—¡Mamá, ya va a empezar!

Mariana entró y se sentó junto a su hija en el sillón.

El programa era sobre animales.

Un hipopótamo hacía algo increíble en un río.

Sofía se acomodó contra ella, como si aquel jueves fuera cualquier otro jueves.

Mariana le rodeó los hombros con el brazo.

Se quedó viendo el programa con su hija y, durante un buen rato, no dijo nada más.

FIN DE LA HISTORIA