«No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal». — Romanos 12:21

Julia Martinez

El nombre en la lista de traslados

Carmen Salas ya había aceptado llevar a alguien a diálisis cuando la secretaria de la parroquia le dijo su nombre.

—No —respondió—. Busquen a otra persona.

Después dejó el teléfono junto a las dos tostadas que todavía preparaba cada mañana, aunque Manuel llevaba once meses muerto.

Lorenzo Vidal vivía tres casas más allá. Era el vecino que había llamado a la Guardia Civil después de que Manuel regresara conduciendo por el lado equivocado de la calle.

Después de aquello, Manuel había dejado de conducir. También había dejado de sentarse en el porche.

Carmen sabía que Lorenzo no había causado la enfermedad de su marido. Aun así, cuando se lo había cruzado en el supermercado, había pasado de largo sin saludarlo.

Aquella tarde volvió a llamar a la parroquia.

—¿A qué hora tiene que salir?

A las seis de la mañana siguiente, Lorenzo bajó los escalones de su casa con una bolsa de la compra. Llevaba mal abrochado el cuello de la camisa.

Fue a abrir la puerta trasera.

—Puede sentarse delante —dijo Carmen.

No hablaron hasta que pasaron junto a la antigua fábrica de piensos, a las afueras de aquel pueblo de Zamora.

—¿Es la primera sesión? —preguntó ella.

Él asintió.

—¿Lo espera alguien allí?

—No, señora.

En un semáforo, la bolsa se volcó. Salió un bocadillo y, detrás, un pequeño cuaderno de espiral.

Carmen reconoció la cinta naranja que rodeaba el lomo.

La había puesto ella misma para que Manuel pudiera encontrarlo entre los periódicos. Después de que empezaran los problemas de memoria, él había comenzado a apuntar las cosas que temía olvidar.

Ella había buscado aquel cuaderno en todos los cajones.

Lorenzo lo recogió y lo sostuvo contra la rodilla.

—¿Se lo dio Manuel?

—Sí.

—¿Cuándo?

Lorenzo miró hacia el parabrisas.

—Antes de morir. Hay algo aquí sobre la mañana en que llamé a la Guardia Civil.

El semáforo se puso verde. Carmen entró en el aparcamiento vacío de una farmacia.

Lorenzo abrió el cuaderno por una página marcada con un pañuelo de papel doblado.

—Quería que le leyera esto si alguna vez preguntaba.

La letra de Manuel

Carmen no dijo nada.

Dejó el motor encendido. La farmacia aún estaba cerrada. Había otros dos coches, ambos vacíos, y un carrito de la compra que alguien había abandonado en medio del aparcamiento.

Lorenzo inclinó el cuaderno como si necesitara más luz, aunque la mañana ya tenía aquella claridad gris y uniforme de los días nublados.

Desde su asiento, Carmen distinguía la letra de Manuel. Letras grandes, trazadas con fuerza. Había empezado a escribir así cuando le falló la vista. Apretaba tanto que las marcas quedaban impresas en las páginas siguientes.

Lorenzo se aclaró la garganta.

—«Lorenzo —leyó—, si estás leyendo esto, es que ha preguntado. Eso significa que te ha llevado a algún sitio y no te ha echado del coche, así que te ha ido mejor de lo que esperaba».

Carmen miró el letrero apagado de la farmacia.

—«Cuéntale lo que te dije. Todo. No te saltes lo del porche».

Lorenzo pasó la página.

—«Aquella mañana fui yo a tu casa. No viniste tú a buscarme. Salí antes de que Carmen se levantara, llamé a tu puerta y te conté lo que creía que me estaba pasando. Te dije: “Voy a hacerle daño a alguien y no consigo dejar de intentar conducir”. Te dije que, si veías mi camioneta en la entrada con el motor encendido, llamaras. No querías hacerlo. Te obligué a escribirlo y a firmarlo».

El viento desplazó unos centímetros el carrito abandonado.

—«Que viniera la Guardia Civil no fue idea tuya. Fue mía. Yo no era capaz de quitarme las llaves a mí mismo. Necesitaba a otra persona. Tú eras el único que lo sabía. No se lo conté a Carmen porque sabía que lloraría y yo no podía soportar verla así. Fue una cobardía. Lo sé».

Lorenzo se detuvo.

Carmen se dio cuenta de que todavía tenía las manos aferradas al volante.

—Hay más —dijo él.

—Siga.

Las visitas que ella desconocía

Lorenzo sabía que algo no iba bien desde hacía casi ocho meses antes de aquella llamada.

Manuel había ido a su casa el febrero anterior. Era domingo por la tarde, caía aguanieve y no llevaba abrigo.

Se había quedado en el escalón de entrada y le había contado que acababa de pasar veinte minutos sentado en el coche, intentando recordar a qué lado del volante estaba el contacto.

Pensó que Lorenzo debía saberlo por si volvía a ocurrir.

Lorenzo lo invitó a pasar. Preparó café. Estuvieron dos horas sentados en la cocina.

Después, las visitas se hicieron habituales. Manuel iba los martes por la mañana y, algunas veces, los jueves por la tarde.

La esposa de Lorenzo, Dolores, llevaba seis años muerta. La casa estaba en silencio, siempre había café recién hecho y ninguno de los dos tenía demasiada prisa por ir a otra parte.

Carmen no lo sabía.

Había visto a Manuel cruzar el jardín hacia la calle aquellas mañanas y había supuesto que iba a mirar el buzón.

Pero el buzón estaba en la otra dirección.

Nunca se había detenido a pensarlo.

Lorenzo se lo contó con cuidado, pendiente de su expresión.

—Hablaba de usted constantemente —dijo—. En todas las visitas. Entraba y lo primero que contaba era algo que usted había hecho aquella mañana. Algo que había preparado o alguna cosa que había dicho. Me tenía al corriente.

Carmen no respondió.

Pensaba en los martes que había pasado en la habitación del fondo, ordenando las revistas viejas que llevaba años queriendo tirar.

Cuando salía, Manuel estaba sentado a la mesa de la cocina, leyendo el periódico.

Ella había creído que llevaba allí toda la mañana.

—Nunca me lo contó.

—No quería preocuparla.

—Me habría preocupado que anduviera por la calle sin abrigo en febrero.

—Sí —respondió Lorenzo—. Él lo sabía.

Lo que escribió sobre el porche

Lorenzo encontró aquel pasaje a mitad de una página. Manuel lo había subrayado dos veces, apretando el bolígrafo como siempre.

—«Sobre por qué dejé de sentarme fuera. No fue por vergüenza. Tampoco por nada que hiciera Carmen. Dejé de hacerlo porque una tarde me confundí y no sabía si aquella era mi casa. Estuve allí cuarenta minutos antes de estar seguro.

»No quería que Carmen me viera así. Sentado en nuestro propio porche sin saber dónde estaba. Habría salido y yo habría tenido que contárselo, y algo habría cambiado entre nosotros.

»Sé que no es justo. Preferí dejar que pensara lo que quisiera. Quiero que sepa que nunca fue la calle lo que me molestaba. Era no querer que me viera desaparecer poco a poco».

Lorenzo volvió a colocar el pañuelo entre las páginas.

Carmen sintió que se le cerraba la garganta. Tenía la nariz fría. El letrero de la farmacia parpadeó y se encendió.

—Escribió todo esto en noviembre —explicó Lorenzo—. Cuando ya le habían confirmado el diagnóstico. Vino a casa, nos sentamos en la cocina y pasó la mañana escribiendo. Dijo que necesitaba dejarlo en un sitio desde el que supiera que acabaría llegando a usted.

Eso sí podía entenderlo.

Manuel siempre había sido práctico con el lugar que debía ocupar cada cosa. Etiquetaba todas las cajas del garaje. Doblaba las lonas y las guardaba siempre en el mismo estante.

—La última página —dijo Lorenzo.

Lo que dejó para el final

Ahora su voz sonaba distinta. Más baja, pero no por precaución. Por cansancio.

—«Carmen prepara dos tostadas cada mañana. Lleva haciéndolo desde que murió su madre, en 1987. Cree que nunca me di cuenta. Me di cuenta cada mañana durante treinta y siete años.

»A veces dejaba una en el plato hasta que se enfriaba. Algunas mañanas se la comía ella. Otras me la daba a mí. Nunca le pregunté por qué necesitaba preparar dos. Le habría dado vergüenza explicarlo.

»Dile que me comí todas las que hizo para mí. Dile que no tiene que dejar de hacerlas».

Lorenzo cerró el cuaderno.

Fuera, un hombre con abrigo gris abría la farmacia con un manojo de llaves.

Carmen permaneció sentada, con la espalda recta y las manos en el regazo.

Una lágrima le recorrió la mejilla. No se la secó.

Tres casas más allá

Llegaron doce minutos tarde al centro de diálisis.

Lorenzo se presentó en recepción y una enfermera lo acompañó al otro lado de unas puertas pesadas.

No hubo ninguna ceremonia por ser la primera sesión. Hubo formularios, un tensiómetro y un sillón reclinable.

Una mujer del mostrador preguntó a Carmen si era familiar.

—Soy quien lo ha traído —respondió.

Le dijeron que tardaría entre tres y cuatro horas y le indicaron una sala de espera con un televisor en una esquina.

Carmen se sentó en la silla más cercana a la puerta.

No encendió el televisor.

Al bajar del coche, Lorenzo le había entregado el cuaderno.

—Manuel habría querido que volviera a sus manos.

La cinta naranja empezaba a despegarse por una esquina.

Carmen leyó las sesenta y dos páginas.

Manuel había escrito sobre el olor a gasóleo de su vieja camioneta después de un viaje largo.

Sobre aquel verano en que habían ido a Segovia y ella había pasado media hora en una tienda de recuerdos, mientras él la esperaba en un banco, comiendo chocolate sin aburrirse lo más mínimo.

Sobre la manera en que ella pronunciaba su nombre cuando estaba enfadada, como si le añadiera una sílaba.

También había escrito sobre Lorenzo.

Diez o doce anotaciones repartidas a lo largo de los meses.

Hablaba de un hombre que siempre le había parecido buena persona, pero al que nunca se había molestado en conocer.

Contaba que Dolores había muerto de otra enfermedad que también le había ido quitando la memoria. Y que un martes Lorenzo le había dicho:

Ojalá hubiera hablado más con ella y le hubiera explicado menos las cosas.

Manuel había apuntado aquella frase y la había subrayado.

En otra página había escrito:

Lorenzo habría sido un buen amigo en otra vida. Resulta que también lo ha sido en esta.

Carmen permaneció en aquella sala de espera tres horas y cuarenta minutos.

El camino de vuelta

Lorenzo habló menos durante el regreso.

La enfermera había explicado que el tratamiento podía dejarlo agotado, especialmente al principio.

Se quedó dormido poco después de pasar la antigua fábrica de piensos.

Carmen siguió conduciendo.

El pueblo fue apareciendo despacio bajo la luz de octubre. El supermercado. La oficina de seguros. Los silos de grano que seguían funcionando, aunque la vieja fábrica hubiera cerrado.

Su calle.

La casa de Lorenzo.

Se detuvo delante de los escalones.

Él se despertó cuando se apagó el motor. Miró alrededor durante un instante, todavía desorientado por el sueño.

Carmen conocía aquella expresión. Se la había visto muchas veces a Manuel.

—Gracias —dijo Lorenzo.

Buscó la manilla de la puerta.

El cuello de la camisa seguía mal abrochado. El mismo botón. El mismo hueco. No se había dado cuenta o no había tenido fuerzas para preocuparse.

—¿El jueves a la misma hora? —preguntó Carmen.

Lorenzo se quedó inmóvil, con la puerta entreabierta.

—Me han dado las próximas sesiones para el martes y el jueves.

—Lo sé.

Él bajó del coche.

Subió los escalones uno a uno, con una mano apoyada en la barandilla.

Carmen esperó hasta que entró.

Después recorrió en coche las tres casas que la separaban de la suya y permaneció un momento en la entrada, con el motor apagado.

Entró. Colgó el abrigo.

Las dos tostadas seguían en el plato, junto a la tostadora, donde las había dejado aquella mañana.

Se quedó de pie junto a la encimera y se comió las dos.

Fin de la historia.