Los tres subieron al ring: Diego, Marcos y Antonio. Cada uno tenía al menos tres años de experiencia en competencias.

Camila Mendoza

Los tres subieron al ring: Diego, Marcos y Antonio. Cada uno tenía al menos tres años de experiencia en competencias. Miraban a Mariana como si fuera un costal de entrenamiento.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó Diego, sin molestarse en ocultar su sonrisa burlona.

Mariana se ajustó los guantes.

—Sí.

Marcos soltó una carcajada.

—Nosotros no tratamos con delicadeza a las chicas nuevas.

Antonio se limitó a estirar el cuello y empezó a dar pequeños saltos sobre las puntas de los pies.

Sonó la campana.

Diego atacó primero: un jab rápido seguido de un recto. Mariana esquivó el jab, pero recibió el segundo golpe. La cabeza se le fue hacia atrás. Retrocedió un paso para recuperar la posición mientras Marcos se desplazaba hacia la izquierda y Antonio se acercaba por la derecha.

Bloqueó un golpe de Marcos al cuerpo. Diego le lanzó una patada fuerte a la pierna y sintió que la rodilla le cedía por un instante. Antonio tiró un gancho. Ella se agachó y logró esquivarlo por muy poco.

El asalto continuó.

No estaban intentando noquearla. Estaban jugando con ella.

Diego conectaba un jab y se retiraba. Marcos le golpeaba las costillas. Antonio amagaba y se reía.

Alguien silbó entre los espectadores.

Mariana sentía sabor a sangre alrededor del protector bucal. El ojo izquierdo empezaba a hincharse, pero seguía con las manos arriba.

—Qué valiente —dijo Antonio—. A ver cuánto te dura.

Diego lanzó una combinación. Mariana se cubrió. Marcos le barrió el pie y ella cayó sobre la lona.

El público gritó.

Mariana se levantó.

Diego miró a sus compañeros.

—Bueno. Vamos a terminar con esto.

Los tres avanzaron al mismo tiempo.

Mariana afirmó los pies y observó la mano adelantada de Diego. Iba a lanzar un jab seguido de un recto. Lo supo en cuanto vio el movimiento de su cadera.

Entró en su distancia.

Su mano derecha subió sin vacilar y conectó con la barbilla de Diego. La cabeza de él se fue hacia atrás y dio un paso tambaleante.

Marcos se quedó inmóvil durante medio segundo.

Antonio no.

Entró lanzando un gancho.

Mariana lo recibió sobre el antebrazo, dio otro paso y hundió el puño izquierdo en sus costillas. Antonio soltó un gruñido.

Sonó la campana.

El entrenador indicó el descanso.

Diego se frotaba la mandíbula. Marcos miró a Antonio, que respiraba con dificultad.

—Otro asalto —dijo Diego—. Esta vez, sin contenernos.

Mariana se quitó el protector bucal.

—Está bien.

No los miró a ellos. Miró hacia su esquina.

Cuando terminó el descanso, volvió a sonar la campana.

Lo que el entrenador sabía y ellos ignoraban

El entrenador Reyes había observado todo desde una esquina, con los brazos cruzados y sin decir una palabra.

Había visto a Mariana caer y no se había movido. Sabía que se levantaría. La había visto recuperarse de momentos más difíciles en ese mismo gimnasio, una mañana de enero en la que no había nadie alrededor para aplaudir ni silbar.

Solo se escuchaban sus guantes tocando la lona y, después, sus pies encontrando otra vez el suelo.

Eso había ocurrido cuatro meses antes, durante su segunda semana de entrenamiento.

Mariana había llegado desde la calle, literalmente: la puerta abierta, una mochila al hombro y una pregunta sencilla.

—¿Puedo inscribirme aunque nunca haya entrenado aquí?

Reyes le había dicho que sí, pensando que quizá aguantaría una sesión. Dos, como mucho.

Había visto llegar a muchas personas entusiasmadas por los videos de peleas: mujeres, hombres y jóvenes que imaginaban que bastaría con ponerse unos guantes para sentirse fuertes.

Mariana tenía otra disposición.

Desde el principio entrenó cinco días a la semana. Los sábados llegaba temprano para trabajar con el costal antes de que aparecieran los demás. Una tarde, después de cerrar, Reyes la encontró practicando desplazamientos en el estacionamiento.

Estaba sola, usando las líneas pintadas sobre el asfalto como referencia para mover los pies.

Él nunca le había pedido que hiciera nada de eso.

El ejercicio de tres contra una también había sido idea de ella. Se lo propuso dos semanas antes. Quería descubrir cómo reaccionaba bajo presión. Una presión distinta a la de los entrenamientos cuidadosos en los que tu compañero espera a que recuperes la posición.

Reyes se negó la primera vez.

La segunda le dijo que lo pensaría.

La tercera, Mariana lo miró con tanta determinación que él terminó aceptando.

Antes de empezar, llamó a Diego aparte.

—Exígele, pero usa la cabeza.

Diego asintió como si hubiera entendido. Sin embargo, por las sonrisas de Marcos y Antonio, Reyes supo que los tres ya habían decidido qué querían hacer.

Dar una lección. Poner a prueba a la nueva. Tener algo de qué presumir después.

Ese fue su error.

Lo que había detrás de Mariana

Mariana había crecido en el poniente de Monterrey, en una colonia donde las luces de la calle funcionaban solo algunas noches.

Su padre practicó boxeo amateur durante seis años, hasta que un desprendimiento de retina lo obligó a dejarlo.

Nunca la forzó a entrenar ni intentó convertirla en peleadora. Pero, desde que ella tenía memoria, lo había visto trabajar con la pera de velocidad en la cochera los sábados por la mañana.

En algún lugar de su cuerpo se le había quedado aquel ritmo.

Su padre murió cuando ella tenía diecinueve años.

El corazón.

—Fue muy rápido —dijeron los médicos, como si aquellas palabras pudieran consolarla.

Durante los años siguientes, Mariana se dedicó a otras cosas: estudió una carrera técnica, consiguió trabajo en un almacén de distribución junto a la carretera a Saltillo y mantuvo una relación que duró tres años más de lo que debía.

No podía decir que fuera profundamente infeliz. Pero tampoco sabía explicar qué sentía ni hacia dónde estaba llevando su vida.

Una mañana pasó frente a un gimnasio y vio un letrero en la ventana.

Ese día siguió de largo.

Al día siguiente se detuvo.

Y un día después entró.

Nunca le contó toda esa historia a Reyes. Él fue reuniendo pequeños fragmentos durante los meses de entrenamiento.

La manera en que no se paralizaba al recibir un golpe. La rapidez con la que recuperaba la posición, como si el dolor fuera información que debía interpretar. Las veces que se quedaba mirando el costal antes de empezar, en silencio, como si tuviera algo pendiente que decirle.

Reyes no sabía exactamente qué estaba resolviendo Mariana dentro de aquel gimnasio.

Tampoco necesitaba saberlo.

Cuando dejaron de sonreír

En el siguiente asalto, algo cambió.

Los tres habían dejado de divertirse.

Diego avanzó primero, igual que antes, pero ya no sonreía. La mandíbula todavía le dolía por el golpe de Mariana. Sus movimientos eran más tensos. Había dejado de actuar para el público.

Lanzó un jab y ella lo esquivó limpiamente.

Entonces Diego le vio los ojos y no le gustó lo que encontró.

Marcos también había dejado de hablar. Antes del encuentro era quien más comentarios hacía, siempre entre risas. Ahora se desplazaba en silencio.

Eso podía volverlo más peligroso, pero también estaba pensando demasiado. Y cada vacilación le costaba tiempo.

Reyes prestaba especial atención a Antonio.

Antonio tenía un temperamento que normalmente lograba controlar, pero cuando recibía golpes en las costillas se desesperaba y descuidaba la técnica. Mariana ya le había conectado una vez en el lado izquierdo. Si volvía a encontrar ese punto, era probable que él lanzara un golpe demasiado abierto y dejara un espacio.

El público también se había quedado más callado.

Seguía habiendo la misma cantidad de personas, pero los silbidos habían desaparecido. Ahora observaban de otra manera.

Diego lanzó dos jabs y un recto. Mariana recibió el primero mientras buscaba una mejor posición, se desplazó hacia la izquierda y respondió con un gancho de derecha que lo alcanzó por encima de la oreja.

No fue un golpe definitivo. Pero las piernas de Diego vacilaron y, durante un instante, tuvo que sujetarse de la cuerda.

Marcos entró enseguida.

Buscaba el cuerpo, intentando doblarla con un golpe. Mariana bloqueó el primero con el codo, giró hacia él y ambos quedaron trabados en un clinch.

Forcejearon unos segundos. Ella sintió el peso de Marcos y su intento de empujarla hacia la esquina.

Mariana afirmó los pies.

Lo empujó lo suficiente para crear espacio y, cuando Marcos intentó seguirla, ella ya se estaba desplazando hacia la derecha.

Entonces Antonio apareció por detrás de su hombro izquierdo.

Mariana percibió su movimiento antes de verlo.

El golpe que decidió no lanzar

Se volvió y encontró a Antonio más cerca de lo que esperaba, con el gancho preparado.

Podía responder.

Tenía el ángulo.

El codo de Antonio estaba demasiado alto, la barbilla descubierta. Mariana disponía del tiempo suficiente para conectar un golpe que habría cambiado el final de aquel asalto.

Pero eligió otra cosa.

Se cubrió, giró el cuerpo y recibió el impacto sobre el hombro, dejando que Antonio completara el movimiento sin encontrar el blanco que buscaba.

Más tarde, Reyes le preguntaría por ese momento.

Estaban sentados junto al área donde guardaban el equipo, cada uno con una botella de agua. Mariana todavía tenía una marca roja debajo del ojo izquierdo.

—Lo tenías a tu alcance —dijo él—. ¿Por qué no golpeaste?

Mariana pensó un momento.

—No me pareció correcto.

—¿Qué quieres decir?

Ella levantó la mirada.

—Quería terminar el asalto. No acabar con él.

Reyes la observó en silencio.

Había entrenado a peleadores talentosos. También a peleadores resistentes. Encontrar ambas cualidades en una misma persona era menos común de lo que muchos imaginaban.

Y, aun cuando coincidían, a veces venían acompañadas de una necesidad de castigar, de demostrar algo a cualquier precio. Reyes había aprendido a reconocer esa necesidad y la imprudencia que provocaba.

En Mariana vio algo distinto.

Tenía una capacidad difícil de explicar y todavía más difícil de enseñar: sabía dónde estaba dentro de una pelea, qué podía hacer y cuándo debía detenerse.

Como esas personas que conocen tan bien una habitación que pueden orientarse incluso a oscuras.

Reyes no le dijo todo aquello.

Solo asintió y le entregó una toalla.

Lo que dijo Diego después

Los tres estaban sentados en la banca junto a los casilleros.

Diego sostenía una bolsa de hielo envuelta en una tela contra un lado del rostro. Marcos volvía a vendarse la mano sin mirar a nadie. Antonio tenía los codos sobre las rodillas y la vista fija en el suelo.

—Ella tiene algo especial —dijo Diego.

Nadie lo contradijo.

Marcos rompió el silencio.

—Recibió aquel recto del primer asalto como si nada.

Diego negó ligeramente con la cabeza.

—Sí le dolió. Solo que siguió peleando.

Antonio permaneció callado un rato más.

Finalmente habló:

—Dejé la barbilla demasiado expuesta en ese último gancho.

No estaba poniendo excusas. Estaba reconociendo el error en voz alta, como se hace cuando uno quiere recordarlo para no repetirlo.

Reyes pasó junto a ellos camino a apagar las luces del gimnasio.

Tampoco les dijo nada.

Ya habían entendido.

Mariana seguía en el ring. Se había quitado los guantes y estaba de pie en el centro, moviendo lentamente el hombro izquierdo en círculos para aflojarlo.

La luz del techo iluminaba el sudor de sus brazos. Para la mañana siguiente, el ojo seguramente estaría morado.

No levantó los brazos ni buscó aplausos.

Se quedó allí unos instantes, asimilando lo que acababa de descubrir sobre sí misma: cuánto podía resistir, cómo podía responder y dónde estaba el límite que quería respetar.

Al fondo del gimnasio, el costal se balanceaba ligeramente por una corriente de aire que entraba debajo de la puerta.

Mariana recogió sus guantes y salió.

Había entrado para saber qué haría bajo presión. Se marchó con una respuesta que ningún aplauso podía darle: podía levantarse, hacerse respetar y conservar el control incluso cuando tenía la oportunidad de lastimar. Los tres que habían querido darle una lección terminaron reconociendo su capacidad. Ella, por fin, había encontrado una razón para confiar en sí misma.

FIN DE LA HISTORIA.