Estaba levantando nuestro pesado colchón para buscar un arete que se me había caído detrás de la cabecera.

David Alvarez

Esperaba encontrar algo de polvo, pero lo que estaba cuidadosamente pegado debajo del lado de mi esposo me hizo sentarme lentamente en el suelo.

Alejandro y yo llevábamos siete años de un matrimonio sorprendentemente tranquilo. Era el tipo de esposo que me llevaba café a la cama todos los domingos, nunca olvidaba una fecha importante y dejaba notas de amor escritas a mano en el espejo del baño.

Habíamos construido una vida hermosa y cómoda. Él era mi apoyo, mi confidente y mi mejor amigo.

Aquella tarde nos preparábamos para asistir a una cena formal. Yo estaba frente al tocador cuando mi arete de oro favorito se me resbaló de los dedos y cayó justo en el espacio estrecho y oscuro detrás de la cabecera.

Alejandro ya había bajado para sacar el auto de la cochera, así que me puse de rodillas para buscarlo.

El espacio debajo de la estructura de madera era demasiado pequeño para meter la mano. Apoyé el hombro contra la base de la cama y levanté el grueso colchón para ver mejor.

Saqué el teléfono y encendí la linterna, convencida de que solo encontraría mi arete y algunas pelusas.

En cambio, la luz iluminó el borde de un paquete bien envuelto, sujeto con cinta adhesiva resistente a la parte inferior del colchón, del lado de Alejandro.

Fruncí el ceño, desconcertada. Metí la mano, sujeté la cinta áspera y tiré con fuerza hasta desprenderlo.

Lo saqué a la luz de la habitación pensando que quizá sería dinero para alguna emergencia o un regalo que había escondido.

Retiré con cuidado la envoltura de plástico oscuro.

En cuanto vi lo que había dentro, me senté lentamente en el suelo.

Lo que escondía la envoltura

Era un diario.

No era nuevo. Tampoco era de esos que uno compra en una tienda de regalos para escribir listas de agradecimientos o pendientes del supermercado. Este era viejo. Tenía la cubierta de tela verde oscuro, las esquinas tan gastadas que casi habían perdido el color y el lomo agrietado y flexible de tanto abrirse y cerrarse.

Era uno de esos cuadernos que solo terminan así cuando alguien ha pasado mucho tiempo con ellos.

En la portada estaba mi nombre, escrito con la letra de Alejandro.

Para Lucía.

Me quedé sentada en el suelo, con mi vestido de fiesta, sosteniéndolo con ambas manos. Durante unos dos minutos no lo abrí. Solo miraba mi nombre escrito por él.

El arete de oro seguía perdido detrás de la cabecera. Yo ya había olvidado por completo que existía.

Entonces escuché el motor de la puerta de la cochera. Alejandro había terminado de sacar el auto. En poco más de un minuto subiría para ver si estaba lista.

Abrí el diario.

La primera página me dejó helada

La primera entrada tenía fecha del 14 de octubre, siete años atrás. Tres semanas antes de nuestra boda.

Todavía no sé cómo decir todo esto en voz alta, así que voy a escribirlo hasta encontrar la manera. Lucía no lo sabe. Nadie lo sabe. Llevo cargando con esto solo desde el diagnóstico y no sé cuánto tiempo más podré hacerlo.

Pasé la página. Me temblaban un poco las manos.

La segunda entrada era de dos semanas después, del día siguiente a la cena que habíamos organizado antes de la boda. Aquella noche habíamos ido con nuestras familias a un restaurante italiano en Coyoacán, en la Ciudad de México. Tenía velas metidas en botellas de vino vacías.

Alejandro había hecho reír a todos con un brindis en el que contó que supo que yo era la indicada cuando me vio discutir con un parquímetro.

Le dije al oncólogo que quiero esperar hasta después de la boda para continuar el tratamiento. Dijo que podíamos organizarlo. Creo que piensa que me estoy aferrando demasiado a tener unos días normales. Tal vez sea cierto. Pero quiero una semana de normalidad. Quiero casarme con ella sin que la enfermedad sea lo primero que vea al mirarme.

Dejé de leer.

Me quedé inmóvil.

Abajo se abrió la puerta de entrada.

Lo que realmente habían sido aquellos siete años

Pero debo empezar un poco antes.

Conocí a Alejandro cuando los dos teníamos veinticuatro años. Fue en el cumpleaños de un amigo, en un departamento pequeño de la colonia Narvarte. Era una de esas fiestas donde todos terminan sentados en el piso de la cocina porque en la sala hay demasiado ruido.

Cuando entré, él ya estaba sentado en el suelo, leyendo la parte de atrás de una caja de cereal que alguien había dejado sobre la barra.

Me senté a su lado y leí por encima de su hombro sin decir nada. Él tampoco habló. Pasamos unos cinco minutos así antes de que alguno de los dos rompiera el silencio.

Así éramos nosotros. Nos sentíamos cómodos en silencio. Se nos daba bien.

Fuimos novios durante dos años, nos comprometimos y nos casamos en una ceremonia pequeña en la casa de sus padres, en Cuernavaca.

Treinta y ocho invitados. Su papá lloró. Mi mamá dio un discurso que, en teoría, era sobre mí, aunque terminó hablando principalmente de ella misma. Algo muy propio de mi mamá, para ser sincera.

Después, simplemente vivimos.

Fueron años buenos. Años de verdad.

Alejandro tenía una cicatriz en el lado izquierdo, un poco arriba de la cadera. Me había dicho que era de un accidente en bicicleta cuando era adolescente. Una caída fuerte, grava, puntos de sutura.

Nunca lo había cuestionado.

¿Por qué habría de hacerlo?

Ahora no podía dejar de pensar en aquella cicatriz.

Avancé varias páginas. Pasé las entradas de los primeros meses y lo que debía de haber sido el período del tratamiento, aunque él casi nunca lo nombraba directamente. Escribía alrededor del tema, como cuando intentas evitar que algo ocupe más espacio del que ya ocupa.

Semana difícil. Ya estoy mejor. Esto se puede sobrellevar.

Fechas y pequeñas notas. Un efecto secundario que estaba vigilando. Una consulta de seguimiento que había salido bien. El resultado de un estudio que describió únicamente así:

Sin señales de la enfermedad. Gracias a Dios. Sin señales.

Escuché sus pasos en la escalera.

Se detuvo en la puerta

Alejandro no era un hombre que mostrara pánico. Era sereno. Siempre había sido la persona más tranquila de cualquier habitación en la que entraba.

Si soy sincera, esa era una de las razones por las que me había casado con él.

Yo había crecido en una casa donde el ambiente podía cambiar sin previo aviso. Alejandro fue la primera persona con la que sentí que el suelo bajo mis pies no iba a desaparecer de repente.

Por eso, cuando llegó a la puerta del dormitorio y me vio sentada en el suelo, con el vestido puesto y el diario entre las manos, su expresión no fue de pánico.

Fue otra cosa.

Fue alivio.

Se apoyó en el marco de la puerta. Me miró. Miró el diario. Se cubrió la boca con una mano durante un segundo y después la bajó.

—Te lo iba a contar —dijo—. Llevo siete años tratando de encontrar la manera.

Yo todavía no podía decir nada.

—Era cáncer testicular. Estaba en etapa dos cuando lo detectaron. Recibí tratamiento durante seis semanas antes de la boda. Por eso bajé casi cuatro kilos y te dije que era por el estrés de los preparativos.

Hizo una pausa.

—Me creíste porque tú también estabas estresada por los preparativos. Después de la boda terminé el tratamiento y funcionó. Llevo seis años y medio en remisión. He seguido con mis revisiones. Los últimos estudios fueron en marzo. Todo sigue bien.

Todo seguía bien.

Él permanecía en la puerta. No se acercaba todavía. Creo que quería darme espacio para decidir qué necesitaba.

—El diario —dije.

Mi voz sonó inexpresiva, aunque por dentro sentía demasiadas cosas.

—¿Por qué seguiste escribiendo?

Bajó la mirada.

—Porque siempre estaba a punto de contártelo. Cada vez que casi lo hacía, terminaba escribiéndolo. Después había pasado un año, luego dos… y empezó a parecerme demasiado tarde para decirlo sin que todo se convirtiera en una explicación de por qué no te lo había contado antes.

Volvió a mirarme.

—Sé que no es una buena razón.

—No lo es —respondí.

La parte que no esperaba

Me quedé allí un rato más.

Finalmente, él también se sentó en el suelo, con la espalda contra la estructura de la cama, a cierta distancia de mí.

Durante unos minutos ninguno habló.

Yo seguí pasando lentamente las páginas más recientes. Las de nuestro tercer año de matrimonio. Las del cuarto.

En ellas escribía sobre mí.

No sobre el cáncer. Sobre mí.

Sobre momentos concretos.

Un martes de febrero en que quemé tanto los sándwiches de queso que se activó la alarma de humo. Terminamos cenando cereal y riéndonos hasta que nos faltó el aire.

Un domingo del verano siguiente en que me quedé dormida en el patio con un libro sobre la cara. Él me había tomado una foto que nunca me enseñó.

Lo describió así:

El libro tenía el lomo hacia arriba. Antes de dormirse dobló la esquina de la página. Siempre lo hace, incluso cuando sabe que se está quedando dormida. Siempre cree que alcanzará a seguir leyendo.

Sí. Yo hacía eso.

Cerca del final encontré una entrada distinta. Por la fecha, era de unos seis meses atrás. Era más corta que las demás.

Creo que este año voy a contárselo. Creo que por fin voy a decirlo. Solo necesito que sepa que estos siete años fueron reales. Que nada fue una actuación. Que no escondí la enfermedad porque no confiara en ella. La escondí porque quería ser primero su esposo. Quería ser la persona que ella conocía antes de ser la persona que estaba enferma. Quería ser Alejandro antes de ser Alejandro, el que tenía cáncer. No sé si tiene sentido. No sé si lo entenderá.

Lo miré.

—Tiene sentido —dije.

Él giró la cabeza hacia mí.

—No creo que debieras haberlo hecho así —continué—. Voy a necesitar tiempo para dejar de estar molesta. Eso también es real.

Dejé el diario en el suelo, entre nosotros.

—Pero entiendo lo que intentabas hacer.

Asintió una vez y miró el cuaderno.

No fuimos a la cena.

Nos quedamos otra hora sentados en el piso del dormitorio. Él me contó las partes que nunca había escrito. Yo hice preguntas. Algunas respuestas me enojaron y otras me provocaron algo en el pecho que todavía no sé cómo nombrar.

En algún momento recordé el arete.

Lo encontré junto al zoclo, intacto. Ni siquiera se había rayado.

Mandé un mensaje a nuestros anfitriones con una excusa sobre un problema con el auto.

Alejandro pidió comida tailandesa.

La comimos en el sofá, todavía vestidos para la fiesta, mientras me hablaba de los días anteriores a nuestra boda, de la última sesión de tratamiento y de una enfermera que le decía «campeón» con tanta naturalidad que, de alguna manera, siempre lo hacía sentirse mejor.

El diario está ahora sobre mi mesa de noche.

Alejandro me dijo que podía quedármelo todo el tiempo que necesitara.

Creo que lo necesitaré por un tiempo.

Aquella noche no resolvimos todo. Mi enojo no desapareció y los años de silencio no se borraron con una conversación. Pero él estaba bien. Estaba a mi lado. Y, por primera vez, ya no tenía que cargar solo con aquella parte de su vida.

Los siete años que habíamos compartido seguían siendo nuestros: el café de los domingos, las notas en el espejo, las cenas improvisadas y las carcajadas.

Ahora también podíamos compartir la verdad.

FIN DE LA HISTORIA

Si esta historia te llegó al corazón, compártela con alguien que pueda comprenderla. ¿Tú habrías abierto el diario o lo habrías dejado donde estaba?